Luciérnagas
Cuando Akane descubrió la luciérnaga en medio de la oscuridad, todavía conservaba esa boba sonrisa en la cara. Aunque sería más acertado decir que Akane recuperó la sonrisa al verla, pues ésta (o sea, la sonrisa original) había desaparecido después de que Ranma volviera en sí tras recibir el temible tortazo que le propino por insultarla. Cayó redondo contra el suelo y permaneció así mientras ella lo miraba y lo recordaba de nuevo.
Ranma, su prometido. ¿Cómo pudo olvidarlo si quiera por un momento?
¡Si había puesto su vida patas arriba desde que apareció!
Y pensar que fueron esos insultos los que lo resolvieron todo. Y sonrió, aunque no supo si era por el alivio de haber recuperado sus recuerdos perdidos (no, perdidos no, robados por Shampoo) o por darse cuenta de lo mucho que se había esforzado el chico para que le recordara. Al mirarle ahí tirado, apaleado sin miramientos no solo por ella, sino también por su padre y su tío, Akane experimentó una ternura insoportable durante dos segundos y medio.
Una sonrisa puede nacer y morir en tan solo un par de segundos.
Hacía una hora que Shampoo se había marchado con los ojos inundados en lágrimas, los demás también se habían ido, pero Akane seguía en el dojo, delante del boquete que la amazona había abierto en la pared, recordando todos esos locos acontecimientos, observándolos con mayor atención y cuidado mientras su mirada se perdía en la noche. Vio la luciérnaga revoloteando, sin que tuviera que estar ahí y la sonrisa reapareció, de nuevo solo durante unos segundos, pero se borró al notar el frío que se había levantado en los últimos minutos.
Entró en la casa, subió a su cuarto sin hacer caso a nadie y antes de que se le escapara un estornudo, se puso una vieja sudadera que era muy querida para ella. Le quedaba grande, pero era suave y cálida. La tenía desde hacía años y en su mente la llamaba: un abrazo de la infancia. Akane no solía ser tan cursi y, desde luego, cuando lo era, se lo guardaba para sí.
Después bajó las escaleras y entró en el comedor, que se encontraba vacío. No se preguntó a donde se había ido todo el mundo porque mientras llevaba a cabo estas insulsas acciones, de pronto, el rostro de Ranma cruzaba ante sus ojos, como un fogonazo de luz, un recuerdo involuntario que traía consigo más cosas. Akane se acordaba, otra vez, de todo y vaya, la sonrisa tonta también regresó.
Qué raro pensaba, pasando las palmas de sus manos por su estómago, disfrutando de la textura mullida de la prenda. Se acercó a las puertas que daban al jardín. Un cosquilleo secreto le calentó las mejillas, pese al airecillo helado.
¡Oh!
Allí estaba. Entre las sombras del patio trasero vio flotar a la luciérnaga. El cosquilleo no era por ella, sino porque no podía dejar de sonreír por ese tonto. De todos modos, abandonó el comedor sin pensar, sus pies se hundieron en la hierba y la humedad del anochecer le empapó los calcetines. Movida como por una fuerza externa a ella, siguió la luz hasta uno de los árboles que había al fondo del terreno y volvió a ver a la luciérnaga.
No, eran varias en realidad. Se dedicó a observarlas porque eran demasiado hermosas como para intentar contarlas. Era reconfortante verlas flotar, y conectar las estelas de luz brillante que dibujaban sobre las hojas negras que colgaban del árbol. Akane se fue sintiendo más y más relajada según las miraba bailar. Y sonrió.
Quizás fuera por el baile que hacían en el aire o porque todavía estaba pensando en Ranma y en todas las barbaridades que ese tontorrón había hecho por ella. Para que ella le recordara. Para seguir a su lado.
No todo había sido perfecto; el guion del cuento había estallado y su prometido no había roto el hechizo de la malvada amazona con un beso de amor verdadero. Básicamente porque Ranma no era un príncipe encantador, pero de lo que no había duda era de que había logrado rescatarla del olvido, del vacío, de la negrura en la que se había perdido. Claro, lo había hecho a su ranmaniatica manera. Pero ella ya no estaba molesta por sus insultos. Si fuera así, no estaría sonriendo. No estaría emocionada porque veía pequeños fuegos artificiales en el vuelo de las luciérnagas.
¿Sería eso un síntoma de que estaba enamorada?
No estaba segura.
Akane había sentido cosas por Tofu antes de conocer a Ranma, pero nunca había visto fuegos artificiales en su jardín pensando en el médico. Más le valía reflexionar con cuidado antes de sacar conclusiones, en todo: en Ranma, en los fuegos artificiales, en las luciérnagas y en la noche.
Por una vez, no sintió un ápice de vergüenza. Estaba contenta, de hecho.
Y otra cosa: le atacó un deseo feroz por ver a su prometido, en ese instante. Nunca antes había tenido tantas ganas de salir corriendo en busca de otra persona. Vaya, quería ver el rostro de ese tonto. Quería oír su voz hueca diciendo estupideces. Fue un anhelo intenso, íntimo, poderoso como un escalofrío en la espalda.
¿Dónde se habrá metido?
Detrás de ella, se escuchó un ruido inesperado que hizo que las luciérnagas salieran despavoridas, la negrura la envolvió. Arrugando la nariz, se dio la vuelta hacia la casa. Las luces se habían encendido tanto en el comedor, como en algunas de las ventanas de la planta superior. Esa luz amarilla resplandecía aún más en la noche, creando un borde luminoso en torno a los muros de la casa, como si toda ella fuera una enorme luciérnaga congelada en el aire. Estuvo contemplando esa luz un rato y al fin, pudo distinguir una figura que se movía sobre el tejado.
Era una chica y casi llegó a sentir pánico, por si Shampoo había vuelto, pero en seguida la reconoció del todo.
¿Y quién iba a ser si no?
Akane apretó los labios y fue en busca de la escalera. Trepó asiéndose con fuerza a la madera a pesar de que estaba helada y las manos le ardían. Cuando llegó arriba, nerviosa, ese deseo feroz no se había apaciguado precisamente; al contrario, palpitaba con más fuerza en su pecho. Y estuvo a punto de robarle el aliento cuando le encontró allí sentado, de espaldas, con los hombros alzados y la espalda estirada.
Pudo imaginar la mueca de enfurruñado que estaría haciendo a escondidas del mundo y casi se le escapa una risotada, pero se controló. Lo que no pudo evitar fue pisar mal al aterrizar en el tejado.
—¡¿Otra vez vienes a molestar?! —exclamó Ranma, fastidiado—. ¡Ryoga, más vale que me dejes tranquilo!
>>. ¡No pienso ir a buscar a Shampoo!
—No soy Ryoga —reveló ella—. Y no quiero que vayas a buscar a nadie.
Ranma volvió la cabeza sobre su hombro.
—Akane —musito, con sorpresa—. ¿Qué haces aquí arriba?
—Te estaba buscando.
—¡Ah! Veo que aún te acuerdas de mí.
Forzó la voz e hizo un gesto estirando la punta de su nariz respingona para parecer indiferente, pero fue evidente el alivio en su mirada. Akane estaba tan trastornada esa noche por las ganas de verle que eligió quedarse con ese detalle antes que con cualquier otro.
—No creo que pueda volver a olvidarme de ti —replicó mientras gateaba sobre las tejas para sentarse a su lado.
—Lo dices como si eso fuera algo malo.
—¡Claro que no, tonto!
Ranma guardó silencio sin estar muy convencido.
La joven apretó los labios, mirándole de reojo. A pesar de ser una chica en esos momentos, Ranma seguía teniendo un aspecto desgarbado y dejado bastante masculino; era la forma de sentarse con las piernas separadas sin pudor o la mirada, entre aburrida y alerta, con que encaraba la noche. Daba igual lo demás, cuanto más lo miraba, más le parecía, sino un príncipe, tal vez un soldado que se estuviera tomando un respiro de la batalla.
No sabía por qué estaba pensando esas cosas, pero se descubrió tan reconfortada a su lado como lo había estado en compañía de las luciérnagas. Eso le gustó y la calmó. La urgencia que la había dominado se suavizó dando paso a una alegría más tenue que sí le permitía ser dueña de sus actos.
—Así que Shampoo se ha ido.
—Se ha ido Shampoo, y se ha ido Ryoga —confirmó Ranma—. Con suerte, estaremos tranquilos una temporada.
—¿Y has visto donde se ha metido P-chan? No lo encuentro por ninguna parte.
—¿Ya estás pensando en ese cerdo? —Le preguntó, esbozando una extraña sonrisa sombría—. No creo que tarde mucho en aparecer.
Akane ya se estaba acostumbrando a las repetitivas desapariciones de su mascota. Tenía la sospecha de que no era un cerdito fiel, el asunto con Azusa incluso le había hecho preguntarse si P-Chan no tendría otra familia por ahí. Otra dueña, quizás, a la que iba a buscar cuando desaparecía sin previo aviso durante días.
—No sé si te di las gracias por ayudarme a recuperar a P-Chan —comentó Akane, como si se le acabara de ocurrir (de hecho, así era) —. Desde que Shampoo apareció todo ha sido un caos y no recuerdo si…
—Pues no. No me diste las gracias —aclaró él, otra vez estirando su nariz con fingida soberbia—. Nunca me agradeces lo que hago por ti.
—¿Ah, no?
—Pero no me importa —continuó, desviando la mirada, inquieto. Sus mejillas se inflaron de un modo adorable provocando que su voz sonara lejana—. No lo hice por ti. Ni por el cerdo.
>>. Quería darle su merecido al idiota de Sanzenin.
—Vaya —Akane se cruzó de brazos haciendo un mohín—. Y yo que creía que lo hacías porque te preocupaba que Sanzenin me besara durante la competición.
—¡Anda, ya! —Respondió Ranma, dando un respingo—. ¡¿Qué me puede importar a mí eso?!
—¡Vale! —A punto estuvo de levantarse y dejarle allí cuando el fastidio se le hincó en un costado, no obstante, intentó ser paciente—. De todos modos, yo venía a darte las gracias por otra cosa.
Por fin, el chico abandonó su actitud alerta y la miró directamente.
—¿Por qué?
Ella sonrió, como había sonreído a las luciérnagas y estuvo segura de que él podía ver esa sonrisa a pesar de las sombras y se le aceleraba el corazón.
—Quería date las gracias por todo lo que has hecho para que me acordara de ti —Los carrillos de Ranma adoptaron el mismo tono que su cabello, y antes de que se deshiciera de la incomodidad inventándose mil razones que explicaran su empecinamiento por ayudarla (y que no tendrían que ver con ella, por supuesto), Akane se adelantó y le besó en la cara. Hizo un movimiento tan torpe y rápido que no calculó bien el lugar del beso, pero no reculó una vez que lo llevó a cabo—. Gracias, Ranma.
Él se quedó pasmado.
La miró como si se hubiera convertido en una rana o algo más extraño. Akane le devolvió la mirada y fue testigo de cómo esa rojez superficial de sus mejillas se extendía por todo el rostro, por las orejas y hasta por el cuello de la pelirroja que permaneció mudo, inmóvil.
Como una estatua.
—¿Ranma?
Éste reaccionó con lentitud, rozándose la cara, arrebatada, con la mano.
—Eso no habrá sido otro beso de la muerte, ¿verdad?
—¡Pues claro que no, merluzo! —exclamó ella, conmocionada. ¡Será posible! Ahora sí se puso en pie, disgustada por una respuesta tan absurda a un gesto tan bonito como el que había tenido—. Era un beso de agradecimiento.
>>. ¿Qué te has creído?
Y meneando las caderas de forma amenazante, se alejó rumbo a la escalera para bajarse de ese maldito tejado de inmediato.
¡Además se estaba muriendo de frío!
—Akane —La llamó, a media voz.
Casi había descendido los suficientes peldaños como para perderlo de vista, pero cuando sus miradas se encontraron, Akane quedó extasiada, pues le pareció que las luciérnagas brillaban, incandescentes, en los ojos de Ranma.
Y todavía bailaban.
—Me alegro de que vuelvas a ser tú —Le dijo. De un modo simple, aunque cargado de solemnidad.
Le provocó un cosquilleo intenso en su cuerpo. Las luciérnagas. Los fuegos artificiales.
Ranma.
La sonrisa de tonta volvió, claro. Y esta vez dejó que él también la viera.
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Fin
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