Isabella
Hace unos años releí "El Juego del Ángel", mi libro preferido de uno de mis autores más queridos, Carlos Ruiz Zafón, y volvió a despertar mi obsesión por Isabella y David. Yo siempre consideré que estos dos estaban hechos el uno para el otro y su relación me fascinaba. Aún no he podido leer el último libro de la saga, no me animo tras la muerte del autor, así que no sé si mis expectativas y deseos con este ship se llegaron a cumplir, pero tras finalizar esa relectura, salió de mi cabeza (y mi corazón) un pequeño texto que nunca había compartido con nadie hasta ahora.
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La Noche Más Oscura
Las aguas eran negras la noche en que él se marchó.
Isabella se quedó observándolas mucho tiempo después de que el barco se hubiera ido a través del oleaje, rompiendo la espuma y el sonido. Todo quedó en silencio en muy poco tiempo; no supo por qué se quedó allí parada, mirando un horizonte que no podía verse pues todo era oscuridad. Aquella noche cerrada no había estrellas.
Abandonó el puerto cuando unos hombres aparecieron de la nada y empezaron a dirigirle palabras soeces. Probablemente la confundieron con una prostituta o quizás no, pero creyeron que tendrían suerte. En silencio, se giró y echó a andar. Andar en la oscuridad, sin prestar atención. Para cuando se percató de que ya no olía el mar, la joven levantó la vista y husmeó a su alrededor como una cría que ha perdido a su madre y con ella al mundo entero.
Así se sentía. Perdida. Indefensa. Casi aún no se lo creía.
Pero, por suerte, sus pies pudieron llevarla a través de las calles de Barcelona de vuelta al lugar al que pertenecía. De repente, se encontró observando su propio reflejo en el escaparate de la libraría Sempere; tenía el semblante pálido y la mirada hundida. Le costó reconocerse al principio pero se centró en sus rasgos con decisión, los repasó meticulosamente hasta que la hicieron sentir algo de familiaridad y compasión. Sus ojos estaban hundidos, sí, pero seguían siendo rasgados y oscuros, sus pestañas seguían estiradas, desafiantes y su nariz se arrugaba por el frío. Sus labios estaban fruncidos en una mueca de espanto.
Los labios.
Se pasó el dedo índice por ellos con delicadeza, seguían calientes a pesar de todo. Se preguntó si los suyos también lo estarían, si él los rozaría con sus dedos y pensaría en ella aunque fuera solo un instante. Pero ese fue un pensamiento fugaz; pensar en esas cosas era lo mismo que preguntarse por la existencia de las hadas o de los ángeles.
Solo la gente estúpida piensa en aquello que sabe que no es real.
Mientras saboreaba esas tristes ideas y el sabor amargo de verse sola en el mundo, la puerta de la librería se abrió y un chico asomó la cabeza. Isabella apartó la mano de su boca y la ocultó a su espalda, quería proteger el secreto.
—Hola —dijo el chico con las cejas fruncidas—. No te he oído irte —murmuró después. No hizo ademán de salir, pero se frotó los brazos enfundados en manga de tela fina cuando el viento helado de la noche intentó penetrar en su librería—. No hacía falta que volvieras hoy. Ya es muy tarde.
—Lo sé —musitó ella. En realidad, ni sabía qué hora era ni le importaba.
—¿Dónde has estado? —Se animó a preguntar el joven, tras una evidente vacilación—. Si se puede saber…
Podía contarle dónde había estado, tenía permiso para ello pero no pudo hacerlo. Le parecía absurdo hablar de eso, casi irrespetuoso. Quería guardar algo que fuera secreto, íntimo… algo para ella. Isabella sacudió la cabeza, pensó en algo más para decir pero todo le parecía demasiado privado.
Era demasiado pronto para hablar de ello. Incluso con él.
—¿Estás preocupada por la policía? —preguntó el chico ante su silencio—. Se equivocan. Todos lo sabemos. Martín no haría ninguna de las cosas que…
—David se ha ido.
Eso fue lo único que pudo decir. Las únicas palabras que acudieron a su garganta cuando intentó arañar algo. Nada más decirlo en voz alta se hizo real. Al contrario que los deseos de cumpleaños que pierden su magia si los revelas, esas palabras cobraron fuerza, se hicieron reales, sólidas. Le cayeron como piedras por el estómago, hasta el vientre y desgarraron su interior.
—¿Se ha…? ¿Dices que ha huido? —El chico se rascó la nuca—. ¿A dónde?
—No lo sé.
—¿Volverá?
Isabella alzó los ojos. Nada más apartarlos de su reflejo, estos se empañaron.
—No lo sé.
—Oh, Isabella…
Empezó a sollozar. Al principio fue como un hipo descoordinado que agitaba su pequeño cuerpo congelado, pero en pocos segundos se transformó en un llanto histérico, descontrolado. Los gemidos ascendieron a lo alto del edificio y rompieron el silencio de la madrugada.
El chico al fin salió de la librería, aunque tardó más de lo que habría sido deseable. Cobijó a la joven entre sus fuertes brazos y trató de calmarla sin ningún éxito; la falta de experiencia era más que evidente en su manera de tocar y en sus torpes palabras, pero dio igual. Nada, ni el hombre más acostumbrado a lidiar con mujeres desconsoladas de todos habría podido hacer algo por esa pobre desdichada.
Isabella ocultó su rostro en el pecho enorme del joven Sempere pero no sintió nada más que el frío y la pena. No había nada más que eso para ella.
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2. El agua se balancea.
Una de las cosas que más le gustaba a Isabella era sumergirse en el agua cálida de la bañera de la casa de sus padres. Era una bañera enorme, redondeada y con un relieve muy curioso que cubría el fondo y uno de los laterales; ella solía apoyar la espalda sobre el relieve de cerámica y dejar que los dibujitos presionaran su piel hasta que ésta se los aprendía de memoria. Era relajante. Llenaba la bañera hasta casi desbordarla, se deslizaba entre el agua y las burbujas y estiraba las piernas. El dedo gordo de su pie derecho siempre sobresalía del agua y a veces se entretenía rozando con él el grifo, recogiendo las minúsculas gotitas de agua que se escapaban de éste cuando ya estaba cerrado. Cuando el agua se templaba, las gotitas que recogía con su dedo gordo estaban frescas y le producía un escalofrío muy agradable sentirlas recorriendo su pie desde la punta del dedo hasta el empeine.
Era de las pocas cosas que la calmaban. Pero esa noche no daba resultado.
Sempere hijo se empeñó en acompañarla hasta su casa una vez que Isabella se hubo calmado de su pequeño arrebato. El chico la agarró suavemente del brazo y la condujo, parloteando en un tono de voz bajo pero continuo. Isabella no escuchó una palabra, su mente seguía en el puerto. Veía una y otra vez el barco alejándose y se preguntaba, estúpidamente, si ella podría haber hecho algo más para evitar que David se fuera.
—Estúpida —murmuró para sí, justo antes de hundir la cara en las aguas de la bañera.
Por supuesto que no podría haber hecho nada más. ¿Alguien podría haberle detenido? Alguien sí, pero ella no. Ella no era ese alguien. Ella solo era Isabella.
Después de despedirse de Sempere, subió a su casa a toda prisa y pasó de largo frente a sus padres que seguían despiertos, esperándola. No les dejó decir una palabra, ni ver sus lágrimas. Se metió en el cuarto de baño, llenó la bañera, se desnudó y se zambulló con urgencia en busca de la paz, de la calma que siempre hallaba en ese lugar mágico, pero fue en vano.
Llevaba más de media hora sumergida, su piel se había arrugado como la de una anciana satisfecha, pero seguía sintiéndose mal. La piel de la cara le tiraba en dos surcos que atravesaba sus mejillas, por ahí habían caído las lágrimas hasta mezclarse con el agua jabonosa; Isabella ya no sabía si seguía llorando o era la humedad del cuarto de baño.
Lo había intentado, pero había fallado.
Tras salir del Cementerio de Libros Olvidados, los dos habían pactado que no se dirían adiós ni convertirían aquello en una despedida dramática de folletín romántico. David se colocó de espaldas al barco, pero ella no podía dejar de mirarlo porque sabía que cuando él se subiera en esa máquina trasatlántica todo habría acabado. Por supuesto, él se dio cuenta y la cogió por los hombros para que no lo mirara.
No dijo nada. La besó en la mejilla, la abrazó y se giró dispuesto a desaparecer entre la niebla y los vapores de la noche.
Eso era lo que ambos habían decidido y sin embargo, ella no pudo soportarlo.
—¡Espere! —chilló. Fue tras él tan rápido que dio un traspié, por suerte aterrizó sobre su espalda y sus brazos le apresaron con desesperación—. ¡Iré con usted!
—Isabella… —susurró él con esa voz severa suya, pero ella no quiso escuchar.
—¡Por favor! ¡Déjeme ir!
—No puede ser —contestó sin más contemplaciones. Sujetó sus manos y se giró para mirarla—. Piensa en tus padres que ahora están encantados contigo.
—También lo estarán si me pierden de vista.
—¿Y Sempere Junior?
—Le escribiré una nota cuando lleguemos a tierra.
—¿No habías dicho que ibas a casarte con él?
—No —replicó herida. Quería insistir, hacerse oír y mostrarse invencible en su determinación pero algo le decía que ya había perdido y que pronto la invitarían a retirarse—. No quiero casarme con él.
>>. ¡Quiero irme con usted!
Intentó mirarle a los ojos en aquel puerto, en aquella oscuridad, pero sus rasgos se desvanecían en un juego de sombras tramposo y cruel. Isabella se aferró a sus manos, temerosa de que se desvaneciera y por un instante sintió que él lo hacía con la misma fuerza. Pero David enmudeció, sus hombros se encorvaron y perdió todo lo que le hacía ser él mismo.
—¿No dijo que conmigo iría hasta el fin del mundo? —Lo intentó ella. Y logró arrancarle una triste sonrisa.
—Sí, lo dije.
—Se burlaba de mí, ¿verdad?
—Claro que no.
—¡Pues cumpla su palabra! —Le exigió con vehemencia. Las lágrimas asoman en sus ojos y también en su voz que tembló—. Lléveme al fin del mundo.
David desvió su mirada cansada tras ella, mucho más lejos y sus pupilas dibujaron lo que veían en un rápido movimiento en el que pareció imaginar esa posibilidad, por un instante. Y dudó, apretó los labios, pensativo, pero cuando dejó caer sus párpados derrotados, Isabella ya sabía cuál sería su respuesta.
—No puedo hacer eso —Arrastró cada sílaba con dolor—. Lo siento, Isabella.
Las lágrimas se precipitaron por su rostro con dolor y rabia.
—Es un mentiroso —murmuró, intentando taparse los ojos—. Sabía que mentía, que no podía fiarme de alguien tan retorcido y embustero como usted —Se alejó un par de pasos y se giró con violencia. Respiró hondo para huir de un nuevo sollozo—. Bien, váyase. ¿A qué espera?
>>- No pensaré en usted nunca más.
—Pues yo pensaré en ti cada día.
—¿Y cree que voy a tragarme sus embustes de nuevo? Váyase de una vez, ¿no tenía tanta prisa?
Se cruzó de brazos y esperó en silencio a oír los pasos sobre la madera. No se volvería, no quería verle subir a ese barco y tampoco le despediría agitando la mano como una tonta.
—Adiós, Isabella.
Entonces oyó los pasos y casi como un resorte, se giró hacia él.
—No piensa volver nunca, ¿verdad?
—No lo sé —respondió David volviéndose también—. ¿Por qué iba a volver? Aquí no queda nadie que vaya a pensar en mí.
—Es peor que un grano en ese lugar innombrable, ¿lo sabía?
—Sí.
—Prometa que volverá algún día —Pero David calló. Isabella retiró lo que quedaba de las lágrimas de sus ojos y avanzó hacia él con decisión—. Prométamelo. O me tiraré al mar y cargará con mi muerte en su sucia conciencia para los restos.
David sostuvo una sonrisa que casi se desborda en su boca y levantó las manos.
—Lo prometo —respondió al instante—. Palabrita del niño Jesús.
—¡Deje de bromear!
—¿Quieres un juramento con sangre?
—¡Quiero que se lo tome en serio por una vez! ¡Quiero una promesa de verdad!
—Está bien. Prometo que volveré algún día.
Pero Isabella sacudió la cabeza y siguió insistiendo, cada vez más alterada.
—¡¿De verdad?! ¡No quiero más bromas, ni más palabras bonitas que no significan nada, ni tampoco…!
Entonces la besó. Justo cuando la luna emergía de entre los nubarrones oscuros de esa noche inhóspita, David la tomó por sorpresa atrapando sus labios en un beso inesperado y breve que Isabella apenas pudo saborear antes de que acabara. Su corazón se encendió como una mecha.
—De verdad —dijo él, mirándola fijamente—. Esta promesa es de verdad.
Isabella parpadeó, todavía aturdida, y solo atinó a asentir con la cabeza. La luna brillaba en lo alto y el azul coloreó el agua por un instante, pero en esa agua también estaba el barco. Seguía allí, esperando. Nada había cambiado, pero en realidad todo era distinto después de ese beso, de esas palabras y la mirada que veía en los ojos de David.
Nunca la había mirado de esa forma.
Las lágrimas volvían a amontonarse tras sus ojos, podía sentirlas agazapadas para explotar y no la dejarían ver su rostro. Los segundos que restaban eran escasos y por eso le quemaban en las plantas de las manos, en los brazos… así que los lanzó. Isabella se estiró hacia él y le atrapó del cuello, tirando de él; volvió a besarle cerrando los ojos y sintió una satisfacción inmensa cuando se sintió correspondida y no apartada como una niña pequeña. Le abrazó con todas sus fuerzas, aspiró su olor, le devoró con toda la fuerza que restaba en su espíritu pisoteado tantas veces y abrió la boca anhelante una y otra vez en busca de algo que calmara su miedo. Pasaron varios minutos, creyó que el pecho la estallaría de alegría y de pena. No quería apartarse de él y que sus manos la soltaran, pero la bocina del barco sonó frente a ella y tuvo que hacerlo.
Por un segundo, apartó la vista avergonzada. Pero alzó los ojos de nuevo.
—Vuelve —susurró. La palabra pareció perderse entre la espuma de las olas contra el barco, a pesar de que él asintió.
Y sin más, se desvaneció.
Isabella no sabía a dónde se dirigía ese barco, ni siquiera estaba segura de que le hubiera dicho la verdad. Lo único de lo que estaba segura en esos momentos, balanceándose en el agua casi tibia de la bañera de sus padres, es que durante esos instantes que duró el beso David había sido completamente suyo.
Se pasó el índice por los labios y sintió un cosquilleo. Solo unos pocos instantes, pero había sido real.
Puede que el resto de su vida perteneciera a esa otra mujer, ni siquiera ahora podía pensar su nombre, mucho menos decirlo en voz alta. Pero esos instantes eran como una burbuja en el transcurso de la vida de David y le pertenecían a ella. Jamás se lo contaría a nadie, ni siquiera pensaría en ello delante de otras personas; lo recordaría cuando estuviera a solas, como en esos momentos.
Antes de desaparecer para siempre, David había ido a buscarla a ella, la había llevado a ese lugar secreto, solo se había despedido de ella y eso significaba algo. No importaba lo que hubiera pasado antes, no importaba el recuerdo de aquella mujer; solo ellos, en el puerto, juntos, besándose antes de decirse adiós.
Había sido real.
—Si vuelve —murmuró haciendo burbujitas en el agua—, será por mí. Volverá a buscarme a mí.
>>. Si algún día regresa significará que me ama. Que por fin la ha olvidado y puede amarme a mí.
Sí, estaba segura. No importaba que no hubiera tenido valor para decirle lo que sentía por él. Puede que ya lo supiera o quizás no. Ya daba igual. Si volvía todo sería como ella soñaba.
Estaba segura de eso.
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3. La luz del día a través de la ventana.
Los días que pasaron tras aquella noche empujaron a Isabella de vuelta a su rutinaria vida, una que conocía muy bien y que aparentemente parecía seguir siendo la misma. Para todos los demás lo era, pero algo había cambiado en su interior. Solo que no dejó que nadie lo viera.
Regresó a la librería y también a ayudar a sus padres con la misma diligencia discreta que antes; nadie dijo una palabra, porque nadie se dio cuenta.
Algunas cosas sí cambiaron.
Fue al día siguiente cuando escuchó la primera noticia sobre la extraña muerte de Pedro Vidal, un suicidio dijeron, aunque también mencionaban la presencia de un extraño en su casa la noche de su muerte. No escribieron su nombre, pero ella supo de quién hablaban. Si alguien había matado al señor Vidal, probablemente habría sido el mismo al que habían acusado de la desaparición de su esposa quien, por cierto, seguía desaparecida.
¿Seguiría viva? Isabella ni siquiera se lo preguntó una vez, aunque los periódicos sí lo hacían. Y sus conjeturas no eran muy halagüeñas.
Poco después también se habló de la terrible muerte del inspector Víctor Grandes, el mismo que se había pasado por la librería para preguntar y soltar pestes sobre David días atrás.
Ella lo ignoró todo; no iba a dejar que esas cosas la hicieran dudar, por sí solas no significaban nada en absoluto. Y si David había huido así, en mitad de la noche, no era porque fuera culpable de todo lo que le acusaban, sino porque esas acusaciones eran ciertamente falsas y contra la persecución policial no se podía luchar, al menos no en ese país.
Además, ¿cómo iba él a hacer esas cosas tan horribles? Ella sabía que jamás habría atentado contra la vida de su amigo Vidal, ni siquiera contra la de ese policía que le pisaba los talones para meterle en la cárcel incluso siendo inocente. ¡No, ni siquiera en ese caso habría hecho algo parecido!
Y, por supuesto, jamás le habría hecho daño a ella…
Pero, ¿y si había huido a algún lugar remoto para ocultarse de su marido y David había tomado ese barco para reunirse con ella? ¿Y si habían preparado así su fuga juntos? ¿Podía ser?
Isabella se encontraba, de vez en cuando, pensando en todas esas cosas. Se quedaba ensimismada ordenando los productos en las estanterías de metal de la tienda de sus padres o se dispersaba cuando los clientes de la librería trataban de darle conversación.
¡¿Y si era así?!
Solo con pensar en esa posibilidad sentía su ánimo flaquear y que se quedaba sin fuerzas, porque si eso era cierto, entonces jamás volvería a verle. David nunca regresaría.
A veces lograba calmarse. Se pasaba el dedo por los labios y rememoraba esos instantes en el puerto hasta que su corazón se apaciguaba y una voz serena en su mente le decía: volverá, lo ha prometido. Volverá. Y si vuelve, significará que me ama.
Otras veces no le resultaba tan fácil calmar esos pensamientos y tenía que dejar lo que estuviera haciendo para refugiarse en su soledad. A veces lloraba, a veces apretaba los dientes y otras, repasaba con el dedo las viejas cicatrices de sus muslos, aunque no volvió a recurrir a los cortes en busca de calma.
Pensó que podría esperar y aguantar en ese estado hasta el día en que él regresara, pero resultaba muy difícil vivir haciendo cosas, tomando decisiones y sintiendo el mundo sin saber cuándo sería ese día. ¿Dentro de un año? ¿De tres? ¿Y si era más? ¿Tendría la suficiente paciencia y voluntad como para resistir en aquella incertidumbre que era, por igual, fuente de esperanza y de desesperación?
Decidió dejar que los días pasaran, y luego las semanas y los meses. Algo muy intenso dentro de ella le decía que ese día llegaría, que no era una esperanza vana.
Volverá se decía, pasándose el dedo por los labios. Lo ha prometido. Y yo vi sus ojos, era sincero.
—¿Isabella? ¿Estás bien?
La joven retiró la mano de su cara y se volvió, como sorprendida en mitad de una travesura. Se le colorearon las mejillas pero se repitió, una vez más, que nadie más que ella conocía el significado de aquel gesto.
—¿Qué?
—¿Te ocurre algo?
Era la última hora de la tarde, así que los rayos del sol casi vencido cruzaban el ventanal en diagonal y se rendían al suelo de la librería. Nadie pasaría por allí a esas horas y por eso, Isabella había dejado ir sus pensamientos olvidándose de que no estaba sola.
El joven Sempere también estaba allí, por supuesto. Había estado ausente todo el día, de encargos y atareado en la trastienda. De hecho, llevaba distante y más silencioso de lo normal desde la noche del puerto, cuando la acompañó a casa tras aplacar su llanto histérico. No había vuelto a mencionarlo y por supuesto ella tampoco.
—No. Estoy bien —respondió ella—. Supongo que ya pensaba en irme a casa a descansar.
—¿No te estaré haciendo trabajar demasiado?
—No, no es eso —negó y sonrió—. Además, este lugar necesita que los dos arrimemos el hombro si realmente quieres salvarlo.
—Bueno, gracias al dinero que te dio Martin ya no hay que preocuparse de que vaya a convertirse en una carnicería, ¿verdad?
No pudo evitarlo. Ante la mención de su nombre Isabella sacudió los hombros y su expresión se crispó. El chico lo vio, ella lo supo; así que para disimular se puso a reordenar unos tomos que sobresalían de una de las estanterías.
—Isabella —murmuró él con bastante esfuerzo—. He estado pensando que… bueno… no sé si tú has pensado en lo que te dije hace unas semanas.
—¿Lo que me dijiste?
—Ya sabes, sobre casarnos.
—Oh —Sí, lo había pensado una y mil veces. No durante los últimos días, pero sí que lo había hecho. Seguía sin llegar a ninguna conclusión—. ¿Por qué? ¿Quieres una respuesta ahora?
—¡¿Eh?! Bueno, no… —Farfulló. Isabella se giró hacia él y le vio pasarse la mano por la nuca al tiempo que un ligero rubor emborronado florecía en sus mejillas—. Es que, cómo has seguido viniendo a ayudarme a la librería y además, está lo del dinero.
—Ese dinero no era mío. Era de David —respondió ella—. Y él quería que lo invirtiera aquí.
—Ya.
Isabella suspiró al tiempo que se balanceaba sobre la punta de los pies. Su mente dudaba en darle una respuesta a pesar de que su corazón lo tuviera claro. Sentía un cosquilleo en los labios pero evitó tocarse delante de él. Si guardaba silencio, él esperaría y quizás no volvería a sacar el tema hasta dentro de bastante tiempo; pero eso quería decir que ella no podría ser sincera y algo le decía que debía serlo.
Si iba a esperar a que David volviera, Sempere se merecía saberlo.
—Escucha, yo —empezó ella y el chico la miró con cierta aprensión. Debía ser sincera, cuanto más directa mejor—. No puedo casarme contigo, lo siento.
—Oh.
Esa palabra pareció escapársele entre los labios, como si no hubiera sido a posta. Isabella esperó, creía que la preguntaría o le pediría explicaciones pero en seguida se dio cuenta de que no lo haría y ella sentía la necesidad de darlas.
—Eres un hombre muy bueno, amable, encantador y trabajador. Te tengo verdadero afecto y cariño —Cogió aire, se dio ánimos en su mente y apretó los puños—. Yo estoy enamorada de David.
¡Lo dijo! ¡Y en voz alta! Ni siquiera lo había dicho para sí misma estando a solas.
Vigiló la reacción de Sempere, pero ésta no varió demasiado. Siguió allí, parado, la espalda apoyada contra el marco de la puerta, los brazos caídos y los ojos perdidos en el suelo, sin expresión. No hizo una sola mueca de dolor o decepción, sin embargo Isabella sintió que debía disculparse y justo cuando iba a hacerlo, él recobró el habla.
—Pero Martin no está —dijo a media voz. Respiró por la nariz y sus ojos se levantaron poco a poco—. Se ha ido. Ni siquiera sabes a dónde —Llegaron hasta ella y se quedaron ahí—. Dijiste que no sabías si volvería.
—Eso no cambia nada —replicó ella a toda prisa—. Le sigo queriendo.
—Pero, tal vez, dejes de hacerlo.
—¡No, nunca dejaré de quererle! ¡Jamás le olvidaré!
Las uñas se le clavaron en las palmas de las manos a causa de la vehemencia. Las abrió y las frotó contra la ropa, esperó no dejar manchas de sangre.
—Entonces, si él no regresa, ¿pasarás el resto de tu vida sola?
Isabella tragó, algo le pesaba en el cuello y tuvo que torcerlo.
—Pues estaré sola.
Sempere resopló y abandonó su refugio bajo el marco de la puerta de la trastienda. Paseó por la librería mirando a todas partes y a ninguna. Pasó junto a las estanterías, volvió a resoplar, se rascó el pelo, la cabeza y hasta las orejas y finalmente se detuvo frente a la joven que permanecía delante de la cristalera, envarada como el palo de una escoba y con los rayos rojizos dibujando ondas a su espalda.
—Me precipité hablándote de matrimonio tan pronto, ¿verdad? Creo que la muerte de mi padre me hizo querer apresurarme en tener de nuevo una familia —le dijo en voz baja, con suavidad. Su rostro también parecía más tranquilo, puede que resignado—. Apenas nos conocemos, ¿verdad? Deberíamos conocernos un poco más.
—Eso tampoco cambiará nada.
—Sé lo que sientes por Martin. Ya lo sabía, aunque creo que él no —continuó el chico—. Sé que estabais muy unidos, que compartíais secretos. Y que yo no estoy a su altura…
—Tendrías que encogerte para eso.
—¿Y así te gustaría más?
Isabella frunció los ojos, debería haberse mordido la lengua.
—¿Esperarás a que vuelva? —preguntó él.
—Sí, lo haré.
—Pero no tienes por qué esperar sola —rebatió él—. Tú y yo podemos ser amigos también. Salir de paseo alguna vez, compartir cosas, tener nuestros propios secretos.
—Pero es que…
—Y cuando él vuelva, yo me haré a un lado —Isabella se mordió el labio inferior, indecisa. A ella le agradaba pasar el tiempo con Sempere, incluso le gustaba un poco y se sentía halagada de que él mostrara tanto interés en ella, pero sabía que lo que el librero le proponía no era muy justo para él—. ¿Qué me dices?
>>. ¿Serás mi amiga, al menos?
En silencio, con la mirada, le imploraba que dijera que sí de un modo más contundente del que nunca habría podido expresar con palabras. Hasta ese instante, Isabella no le había visto como un hombre contundente o firme, pero su expresión no dejaba lugar a dudas.
Asintió con la cabeza porque realmente pensó que un hombre y una mujer podían ser amigos sin que ninguno esperara nada más. Porque pensó que él había comprendido y dado crédito a sus sentimientos que con tanto valor le había revelado. También porque, en verdad, era un hombre bueno y quería complacerle, acompañarle ahora que estaba solo. Y quizás porque ella también necesitaba un amigo.
El problema no fue que una o todas esas ideas fueran endebles y seguramente falsas. El problema fue el tiempo. Siempre es el tiempo el que pone a prueba todo en esta vida, incluso nuestros sentimientos.
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Fin
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