Dublín


 

(Versión 2025) 

La persiana que cubría la mitad de la ventana se puso a retumbar como si un huracán se hubiese colado por el angosto y oscuro callejón al que daban a parar todas las ventanas de aquel edificio de apartamentos. Hizo tal alboroto que Tom temió que, esta vez, arrancaría la estructura de la ruinosa casa al completo y los cinco pisos, con sus habitantes muertos de miedo, saldrían volando rumbo al espacio.

Los aerodeslizadores del gobierno volvían a cubrir el cielo de Dublín. Tom se acercó al cristal e intentó verlos, pero volaban por encima de las nubes así que lo único visible eran unas sombras alargadas que nadaban, como tiburones, por encima de sus cabezas.

Es la sexta vez este mes. Y podía no ser la última. Recordó la rueda de prensa que el portavoz del gobierno dio, hacía ya medio año, para presentar esas máquinas a la población, asegurando que apenas dejarían las bases una o dos veces al mes, como mucho. La regularidad de dichas expediciones había ido aumentado de un modo tan paulatino que nadie había dicho nada, ni siquiera los responsables del gobierno. Las excusas eran escasas y algo confusas. Los discursos en televisión y en la radio acerca del crecimiento imparable de La Plaga se habían vuelto constantes, como si por si mismos explicaran que los ciudadanos de Dublín debieran ser rociados por los gases de los aero deslizadores cada vez con más frecuencia.

Tom empezaba a preguntarse si sus gobernantes preferían hablar de La Plaga, en lugar de sus cuestionables métodos para acabar con ella, porque de esa manera lo que cundía por las calles era un profundo temor, una angustia terrible que justificaba cualquier acción por su parte y mantenía a la gente encerrada en casa y controlada.

Controlada. Últimamente pensaba bastante en eso, y en las teorías de algunos que defendían que La Plaga no existía en realidad, y que los aerodeslizadores surcaban el cielo con la única intención de vigilar los movimientos de la población.

¿Estaba el gobierno vigilándoles?

Al cabo de unos diez o doce minutos, el rugido comenzó a extinguirse, los aerodeslizadores se alejaban hacia la siguiente zona de la ciudad. El silencio que dejaban era de agradecer, pero Tom comenzaba a notar que se apoderaba de él una inquietud exasperante cuando el ruido paraba. Se ponía a pensar en todas esas cuestiones peligrosas y tardaba un rato en poder concentrarse en otra cosa. Es lo que habría ocurrido cualquier otro día, pero no ése.

Tres pisos por debajo, la puerta del portal se abrió y se cerró con un golpe sordo que ascendió por el hueco de la escalera, tan alto y tan estrecho, y llegó hasta él con absoluta claridad. Tom se giró con el corazón en un puño. Decidió esperar sentado en la silla que había junto a la ventana, aunque primero la volvió hacia la entrada.

Quizás sea otra persona, se le ocurrió, nervioso. No. Reconoció sus pasos al instante; esa forma de pisar los escalones sin plantar del todo el pie, usando sólo las puntas para avanzar como levitando. Como una mariposa que busca los huecos para avanzar sin ser aplastada.

Se coló por el pequeño hueco que abrió entre la puerta y el marco como una leve brisa de primavera. ¿Por qué Nataly nunca abría la puerta de par en par para pasar? Todo lo hacía como pidiendo permiso con timidez. Una vez en el interior, con la espalda apoyada en la madera, alzó una mano para apartarse de los ojos algunos mechones de su pelo rojizo. Traía las mejillas sonrosadas y la respiración acelerada.

Es tan preciosa, pensó sobrecogido.

—Hola —Le saludó con una sonrisa—. ¡Menudo jaleo hay montado fuera! He visto a mucha gente con maletas —Se puso a revolotear, cual mariposa verdadera, por la habitación, dejando cosas en el rincón que era la cocina, encendiendo y apagando las lamparillas, lavándose las manos a toda prisa. Prestaba atención a todo y a nada sin dejar de arrugar la nariz—. Los aerodeslizadores han aparecido tan de repente que ¡casi salgo volando!

>>. Ya sé que siempre me dices que debo fijarme más cuando esos trastos anden cerca pero no me lo esperaba.

La tercera o cuarta vez que pasó cerca de donde él estaba se detuvo sobre las puntas de sus pies, como si acabara de reparar en su presencia, y se inclinó, aun sin plantar los talones en el suelo, para besarle en la mejilla. Tom cerró los ojos para absorber esa dulce presión de sus labios, la tibieza de su piel que hizo que le devorara el pecho una desconcertante mezcla de placer y dolor. El olor de Nataly inundó su nariz confundiéndole, atrayéndole a recuerdos lejanos y al mismo tiempo, dejándole indefenso ante ellos. Notó que ella alargaba el contacto, que se apretaba contra él con esa delicadeza suya.

Podía olvidarlo todo se dijo, tentado. Ese breve contacto le dejó débil ante ella. Entonces, la joven se apartó con un saltito y una mirada temerosa que rozó la boca de Tom. Simuló una sonrisa feliz y se dio la vuelta para seguir con sus vueltas de hada. No. No podemos seguir así.

—Conozco tu secreto —anunció él sin más esperas.

—¿Qué secreto? —preguntó ella, encogiéndose de hombros—. Yo no tengo secretos —Se volvió, todavía risueña—. Al menos, ninguno importante —Durante un par de segundos más, Nataly debió pensar que era una broma que aún no comprendía, pero no pudo ignorar el gesto grave del chico y al fin, se quedó quieta—. ¿Ocurre algo?

Tom sabía lo que quería decir, y al mismo tiempo, ante sus ojos veía un espacio blanco que hacía temblar sus dedos sobre su regazo. Lo más difícil era empezar, así que su discurso se precipitó a la mitad.

—Quieres dejarme, ¿verdad?

Los ojos de Nataly se abrieron, sus pestañas parecían un par de alas que se movían sin parar.

—¿Qué dices, Tom?

—Responde. Es fácil.

—No. Claro que no quiero dejarte —contestó—. Es absurdo.

Tom sonrió, a sabiendas de que no era el momento más oportuno. Los nervios le agarrotaban todo el cuerpo, de la cabeza a los pies. Necesitaba cambiar de postura pero apenas fue capaz de inclinarse un poco y apoyar los codos en sus rodillas.

—Tal vez aún no lo has decidido —dijo al tiempo que levantaba su mirada hacia—, pero lo has pensado —Nataly no respondió, pero apretó los labios en un triste mohín igual de elocuente—. Llevas días, semanas, encerrada en ti misma, en tu cabeza, en lugar de hablar conmigo —Se echó hacia atrás para apoyarse de nuevo en el respaldo de la silla, sin saber del todo qué hacer con su cuerpo—. Tú quieres irte.

>>. ¿A qué sí, Nat?

¿Habría preferido que ella suspirara, aliviada, y le dijera ¡Sí, menos mal que lo has dicho tú!? En realidad no, la verdad era que le gustaba esa vacilación que se traducía en un pequeño temblor de su barbilla y en el modo en que apretaba los puños, resistiéndose, a pesar de todo, a esa estupenda oportunidad que él le brindaba de acabar con todo.

Acabar con todo… Sonaba tan apocalíptico.

—Escúchame un momento —Le pidió, recuperando la palabra. Tom cerró la boca, expectante. Podía esperar lo que hiciera falta y la chica inició un ritual de gestos y expresiones, en apariencia neutros, mientras buscaba las palabras. ¿Qué le diría? La curiosidad le succionó el alma mientras Nataly se pasaba una mano temblorosa por el pelo, después por la ropa, desde el talle del vestido hasta el final de la falda por encima de sus rodillas. Se humedecía los labios y seguía respirando cada vez más deprisa—. No sé qué estarás pensando pero te aseguro que es más complicado.

—Eso lo sé —comentó con suavidad y poniéndose en pie—. Si no has dicho nada, debe ser complicado —. No habrías permanecido callada para no hacerme daño.

>>. ¿No pensaste que quizás lo entendería?

Nataly le miró a los ojos, puede que sorprendida porque no se mostrara enfadado u ofendido por su silencio. Podría haber fingido que lo estaba, así habría sabido qué decir y la rabia es una emoción que simplifica muchas cosas.

Pero, ¿para qué? Se preguntó, así como lo hizo muchas veces antes que esa. No estoy enfadado, estoy triste, maldita sea. No tenía sentido, pues, que se esforzara por disimularlo y mantener las formas.

Se acercó un paso a ella sin preocuparse de controlar el movimiento de sus brazos o la expresión descompuesta de su rostro y con dolor, añadió:

—Porque si esto que tenemos es amor verdadero, yo te entenderé —Le aseguró. Apretó la mandíbula para tragar saliva y obligar a las palabras a salir—. Aunque eso signifique dejar que te vayas.

—¿Qué estás diciendo, Tom?

—Si quieres irte, lo entenderé —Lo soltó, pero no sonrió como le había gustado. Una despedida serena, amigable si eso era posible. Pero no, no lo sería—. Lo único que tengo claro es que conmigo o sin mí, quiero que seas feliz.

Su corazón, traicionado por su cerebro, había iniciado el proceso de desangrarse en su pecho hasta que se vaciara por completo. Era una traición a sí mismo, y también era la única solución que se le había ocurrido para resolver la tensa dinámica que había nacido entre ellos las últimas semanas.

Por fin, Nataly pareció reaccionar. Fue como verla romper una barrera invisible que la había estado manteniendo en pie. Su cuerpo se dobló un poco hacia delante, como si fuera a caerse pero ni siquiera se tambaleó. Se llevó una mano a la boca y lo siguiente que Tom vio fueron sus lágrimas fluyendo como ríos sin control por sus mejillas, ahora mucho más pálidas que cuando llegó.  

—Nat, tranquila —intentó tranquilizarla, acercándose un poco más, con las manos levantadas sin saber por qué—. Tal vez esto sea lo mejor.

En ese momento, ella le miró y se apartó.

—¿Lo mejor para quién? —replicó, secándose la cara con el puño—. ¿Para ti? ¿Para mí?

>>. ¿Para Reward?

Estupefacto, Tom también retrocedió aumentando la distancia entre ellos. Estrechó los ojos sin entender nada.

Mientras tanto, el edificio se llenaba de sonidos diferentes: susurros apresurados, pasos arriba y abajo, golpes, puertas que se abrían con estrépito o que se cerraban con fuerza. El llanto de un bebé. Ladridos. No notaron nada, pues estaban inmersos el uno en el otro, hasta que su timbre sonó.

El mundo que había tras esa puerta podía haber desaparecido, sin embargo alguien llamaba.

—Abre —Nataly se había quedado clavada, con el pecho subiendo y bajando con violencia, era quien estaba más cerca de la puerta—. Tenemos que abrir, Nataly.

>>. La ley obliga a todos los ciudadanos a abrir siempre la puerta durante el día.

El timbre sonó por segunda vez y Tom fue a abrir. Ella le siguió con la mirada conteniendo la respiración como si temiera que fuera a desaparecer.

En el umbral había un policía. No uno cualquiera, sino un Voz. Se les llamaba así porque su trabajo era básicamente ser la voz del gobierno; un enlace entre el ministerio de seguridad y defensa y los ciudadanos. Se dedicaban a transmitir comunicados oficiales que, sobre todo, tenían que ver con La Plaga, para lo cual no les hacía falta llevar arma, pero sí placa y eso les otorgaba una cierta autoridad.

El Voz les saludó con un simple gesto.

Esta gente es siempre tan oportuna…

—Buenas tardes, agente —respondió Tom, disimulando la irritación que le suponía ver a ese tipo allí.

—Vengo a comunicar a todos los residentes de este edificio que la zona de la ciudad donde está emplazado se encuentra en estado de alerta desde hace una hora. Nuestros expertos científicos han observado movimientos en la Plaga que parecen indicar que se dirige hacia aquí. Por tanto, toda esta área de la ciudad debe poner en marcha el protocolo de seguridad. Tenéis dos horas para dejar este lugar y buscar refugio en cualquiera de las zonas seguras de Dublín. Os recordamos que si no contáis con familiares o amigos que puedan acogeros, el alcalde ha puesto a disposición de los ciudadanos algunos lugares como refugio provisional: iglesias, albergues… —Aquel Voz usaba un tono monótono y soporífero, y ni tan siquiera los miraba, sus ojos grises se perdían en la ventana del fondo porque estaba recitando algo aprendido. Como un niño de siete años al frente de su clase—. El ministerio informará de que la zona vuelve a ser segura utilizando para ello las sirenas repartidas por toda la ciudad.

—Que sonarán tres veces cuando podamos volver a casa —finalizó Tom. Iba a quejarse de que todos los dublineses se sabían de memoria el procedimiento, pero el Voz movió sus ojillos hacia él para advertirle que no se pasara de listo. Por desgracia, no era el mejor día para advertencias absurdas—. ¿No es así, señor agente?

—Sí —respondió éste, muy serio—. Justo así.

—Gracias por el aviso, agente —intervino Nataly. Avanzó para colocarse junto a su novio, mucho más diplomática, pero con la misma intención que tenía Tom de librarse cuanto antes del susodicho—. Nos pondremos en marcha.

—¿Todo va bien, señorita? —le preguntó, entonces.

Los ojos de la joven seguían arrasados por el llanto, temblaba y su rostro era un lienzo de desolación. A Tom se le partió el corazón con tan solo mirarla de reojo.

—Sí, todo va bien —respondió ella, forzando una sonrisa. Aún así el Voz parecía sospechar que mentía, pues su mirada escrutaba su rostro en busca de alguna señal silenciosa de auxilio—. De verdad, agente. Todo está bien —Respiró hondo para tranquilizarse—. La Plaga me asusta mucho.

Y en verdad parecía asustada. De modo que el Voz se entretuvo unos segundos inspeccionando la habitación con su seria mirada, quizás buscando algún signo de pelea que, lógicamente, no halló.

—No debe tener miedo, señorita —Le dijo, después. Tom apreció en su semblante un pequeño esfuerzo por parecer más humano mientras se dirigía a ella—. Nuestro gobierno hace todo lo posible por mantenernos a salvo.

Fue una suerte que aquel tipo se marchara antes de que se le escapara alguna opinión desafortunadamente sobre el gobierno del país. Tom estaba tan asustado por perder a Nataly que había perdido el miedo a todo lo demás. Le daba igual ofender a un agente de la ley y acabar en el calabozo o proclamar a los cuatro vientos sus pensamientos más profundos acerca de las nuevas políticas del Gobierno de Irlanda y acabar en un sitio mejor. Aunque se sintió mejor cuando la puerta del apartamento volvió a estar cerrada.

—Nate me contó lo de vuestra gira por los Estados Unidos —reveló Nataly casi al instante. Las pisadas del Voz aún se oían al otro lado de la puerta, bajando las escaleras—. Estaba rara porque tú no me habías dicho nada —El chico cerró los ojos, maldijo a ese enano cabezón de Nate y poco a poco, se volvió hacia ella—. Y no me has dicho nada porque te mueres de ganas por ir.

Tom resopló.

—Claro que quiero ir.

—Pero no quieres dejarme sola.

—No —admitió, con el corazón oprimido—. Con todo lo que está pasando ahora mismo, no.

El pecho de Nataly se infló y se desinfló, aunque más despacio.

—No voy a irme a Estados Unidos contigo.

—Lo sé.

—Yo te quiero.

Tom también necesitó coger aire, a grandes cantidades, por la nariz y por la boca.

—También lo sé.

Todo el mundo corría, todos bajaban desde las plantas altas del edificio arrastrando cualquier cantidad de cosas porque no sabían cuánto tiempo tardarían en regresar. Tom tenía la impresión de estar haciéndose muy pequeñito, como si un gigante estuviera apretando la casa entre sus dedos para espachurrarla y él pudiera notar la presión que palpitaba en las paredes. Su corazón también palpitaba, a pesar de haberse desangrado.

Nataly miró a su alrededor, como si echara un simple vistazo, pero fue derecha al armario donde guardaban sus bolsas de evacuación y las sacó. Las llevó hasta la mesa de la cocina, que era también la única de aquel diminuto apartamento, y las soltó.

—Has dicho que tal vez sea lo mejor —murmuró, jugando con la cremallera de su bolsa—. ¿No es mejor si yo te dejo a ti y tú puedes irte a triunfar al extranjero?

—Eso no es lo que quería decir —Le aseguró, agarrándose al respaldo de una de las sillas—. Yo pensaba…

—Es lo que tienes que hacer, Tom —siguió ella—. Reward es tu futuro, son tus mejores amigos.

>>. Estaba mucho antes de que yo llegara a tu vida.

—Nataly…

—¿Recuerdas la noche en la feria? —Levantó los ojos, tristes pero resignados—. La noche en que nos conocimos —No pudo aguantar más, así que alargó una mano y tomó la de ella para sentirla, para sentir esa familiaridad de su tacto—. Durante el viaje en coche hasta casa intenté contar las palabras que nos habíamos dicho, los minutos habíamos compartido.

—No fueron muchos —murmuró él. Se acercó un poco más y posó su otra mano en el cuello de la chica. Sus dedos se deslizaron, apartando el cabello para acariciar la piel.

—Y mientras me alejaba, ya sabía que te quería.

Tom había sentido algo parecido. Cuando la vio caminando sola, entre la multitud de personas que visitaban el parque de Atracciones aquella noche, se fijó en su carita y una punzada le atravesó el corazón. No pudo dejar de mirarla, no pudo dejar que se marchara y después, cuando se separaron, volvió a pensar en esa punzada de horas antes y estuvo seguro de que la quería.

—Por supuesto que es amor verdadero lo que hay entre nosotros —Nataly se volvió hacia él, sonriendo un poco, era casi una mueca—. Por eso me lo podrías haber dicho, Tom, yo te habría entendido.

—Y me habrías animado a irme, ¿verdad?

Claro que lo habría hecho y entonces… ¿qué escusa habría tenido él para postergar la decisión? Tom no quería separarse de ella, Nataly era una de las dos cosas que más le importaban en el mundo. Reward era la otra, claro, eso lo hacía tan difícil. Sus amigos también le importaban y no podía dejarles en la estacada.

Es posible que… ¿hubiese inventado todo ese problema para no admitir ante sí mismo el miedo que le daba alejarse de esa chica?

—Si quieres irte, lo entenderé —insistió Nataly—. No tienes que preocuparte por mí.

>>. Ya no soy esa chica perdida que rescataste en la feria, ¿sabes?

—Pero, yo sin ti…

Nuevas lágrimas asomaron en los enormes ojos oscuros de ella. ¿Había llegado a pensar que la separación no sería dura para Nataly? A lo mejor había sido así de egoísta.

Cuando los ruidos en el edificio parecían haberse apaciguado, sonó el teléfono del apartamento. Ninguno de los dos se movió para intentar cogerlo.

—Será Jay para saber si nos hemos marchado ya —comentó, aliviado de poder decir algo más. Se rascó la nariz con el dorso de la mano—. Siempre comportándose como nuestro padre.

—Deberíamos irnos —convino ella—. En realidad, La plaga sí me da un poco de miedo.

 Si le contara sus sospechas acerca de que todo era un cuento del gobierno para espiarles, ¿la habría convencido para quedarse? Tom no estaba seguro de por qué deseaba permanecer allí, que ambos lo hicieran. Dejar su apartamento en ese momento le parecía una despedida.

—Si me marchó con Reward —Tom volvió a cogerla de las manos, con una frágil firmeza, pero la miró fijamente—. ¿Me esperarás?

Nataly le agarró a su vez y su expresión se ensombreció un poco.

—¿Volverás, Tom? —le preguntó—. Tal y como se están poniendo las cosas aquí, no te culparía si…

—¡Pues claro que volveré! —exclamó, pasmado. ¡¿Cómo se le podía ocurrir locura semejante?! Que se marcharía en busca de la libertad a otro país y la dejaría a ella en esa locura—. Siempre volveré.

Las mejillas se le encendieron al tiempo que sacudía la cabeza, avergonzada.

—Lo siento, yo pensé… —Sus disculpas fueron acalladas por un intenso beso que los precipitó a ambos contra la puerta de madera. No apreciaron el dolor, ni siquiera cuando el pomo se hincó en la espalda de Nataly—. Tommy, yo no quería decir que vosotros…

—Lo sé, lo sé —aseguró él y volvió a besarla. Se introdujo en su boca, saboreándola con intensos suspiros de alivio y placer mientras sus manos buscaban rincones por los que introducirse a través de la ropa.

Se acabó pensó Tom, algo desorientado por la fuerza con que sus sentimientos le habían dominado. Tomó a la chica de las piernas y la levantó del suelo para abrazarla, Nataly se aferró a él y dijo su nombre con una voz suave y aterciopelada.

Las alarmas de toda la ciudad de Dublín dejaron escapar un solo pitido que se prolongó varios segundos. El último recordatorio para la población de que debían abandonar la zona en alerta y ponerse a salvo.

—Tenemos que irnos —recordó Nataly de pronto, apartando la cara. Pero Tom no se dio por vencido y hundió los labios en su cuello—. La plaga…

—El Voz dijo que teníamos dos horas, ¿no?

—¿Dos horas? —La mano derecha del chico subió por su pierna hasta rozar la tela de la falda—. ¡¿Te has vuelto loco?!

Volvió a besarla con pasión renovada y la levantó en sus brazos.

—Nat —Susurró—. Te quiero… igual que te quise aquella noche en la feria.

Retrocedió con ella en sus brazos hasta la cama y cuando la posó en el borde, Nataly levantó los brazos para que Tom pudiera quitarle el vestido más rápido.

.

.

 

Fin 

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