Algunas Cosas que me dan Miedo en la Oscuridad
Supo que había escapado de la pesadilla en cuanto despertó con un doloroso espasmo. Nunca antes había sido arrancada de un sueño con semejante violencia, medio cuerpo se irguió en el mismo instante en que abrió los ojos y descubrió que fuera aún llovía.
Ella sudaba, porque en el sueño alguien la había estado persiguiendo, no sabía por qué razón, tampoco quién era y eso... solo lo hacía más aterrador. No saber es lo peor. Aunque había logrado escapar. Y lo más curioso era que, si bien en la pesadilla había corrido y luchado por salvar su vida, últimamente no tenía muchas ganas de vivir estando despierta.
Es posible que, sin que lo supiera, aún resistiera un diminuto hálito de esperanza en su alma y éste se manifestaba mientras dormía.
¿Un mensaje de su propio cerebro?
En el mundo consciente todo parecía estar bien; la lluvia, la noche, el viento... Pero el cuarto estaba tranquilo, incluso repleto de sombras resultaba reconfortante. Los olores y la textura del edredón, hay algo maravilloso y calmante en lo que nos es conocido.
Su corazón se apaciguó lo suficiente como para pensar en dormir de nuevo. Rodó bajo las sabanas, aspirando y estirandose para después relajarse, con los ojos entreabiertos. Lo justo para captar el brillo perdido que colgaba de la pupila vacía del peluche de su infancia. Ojos de cánica. Familiares, como todo lo demás. Habían velado su sueño a su lado, o desde la silla del escritorio, desde que tenía memoria. Por eso, quizás, aquella noche alargó un brazo para engancharlo y disfrutó de la sensación del mullido relleno de su estómago, de la tela descolorida por mil lágrimas, apretado contra sus senos.
Estuvo a gusto hasta que notó que, echada de ese lado, se le tapaba la nariz. Además había un dolor sordo que le subía por la espalda y la atravesaba para salir, como un grito, por debajo de la costilla izquierda. No era la primera vez que lo percibía, pero seguía resultando demasiado extraño, preludio de algo más grave, así que no resistió más que unos segundos sin cambiar de postura. El dolor aflojó, pero ya no estaba tan cómoda.
Solo quería cerrar los ojos y dejar que la somnoliencia la invadiera del todo. De los pies a la cabeza cansada de pensar. Pronto estaré dormida, se dijo, apretando más el peluche. La pelusa de las orejas le rozaba la garganta.
Entonces, oyó los pasos.
Pasos suaves, casi ligeros que, sin ninguna duda, se acercaban a ella. Fueron un tenue murmullo hasta que cruzaron la puerta de su habitación y después, un avanzar progresivo, delicado, penetrando en su espacio. Estaba ahí mismo. Se detuvo con el mismo sigilo a un par de pasos (o menos) de la cama.
Había alguien en su cuarto pero, sabía que no había nadie. ¡Era imposible! No obstante, un espíritu. Un espectro. Una presencia. Algo.
Y había reconocido esos pasos, esa candencia tan típica de la forma de andar de su madre. Tenía que ser ella. Pero no, no podía ser. Su madre dormía, desde hacía horas, en su habitación, como siempre. Pero eran sus pasos. ¿Cómo no iba a conocerlos? Era ella, debía serlo. Su presencia. Su silencio contemplativo, como cada vez que entraba en pleno día en su cuarto, sin llarmar o anunciarse, solo para ver qué hacía.
¿No estás haciendo nada?
Se encogió sobre la cama, dando la espalda a la presencia, conteniendo la respiración. Le atacó una súbita revelación: ella no se iría hasta que mirara, aunque fuera un vistazo por encima del hombro.
¡No podía mirar! ¿Qué ocurriría si lo hacía? La invadió un pánico muy concreto, el mismo que, cuando pequeña, sentía por las noches al imaginarse que la cortina de la ventana se movía sola o que la puerta del armario estaba un poquito más abierta de lo que ella la había dejado antes de apagar la luz. Entonces, se le congelaba el corazón de terror, pero como todas las niñas saben, seguiría a salvo de lo que ocultara la cortina o el armario siempre y cuando no se moviera. Siempre y cuando no mirara. Así es como los niños pequeños rompen los hechizos después de una pesadilla.
Ahora, como adulta, podía recordar todo lo que sabía de niña, pero había una diferencia: había crecido. Y, del mismo modo natural que en la infancia, ahora sabía que si intentaba quedarse dormida sin mirar, la presencia se quedaría junto a la cama toda la noche.
Las reglas cambian cuando creces. Para dormir, debía mirar de frente a lo que le daba miedo. Nada la protegía, ni el edredón de aroma familiar, ni el peluche que sujetaba como un escudo ante su pecho. Solo ella podía protegerse a sí misma, porque eso es lo que hacen los adultos.
Respiró hondo. Volvió el rostro sobre su hombro.
No había nada.
Su madre dormía en su cama, tan tranquila. Nadie se había arrastrado hasta su cuarto, de madrugada, para observarla mientras dormía. Y mucho menos para asustarla. Era solo su imaginación desbordante, ¿verdad? La parte de la niña que fue y de la que no podía librarse. La misma que la hacía asegurarse de que dejaba la puerta del armario totalmente cerrada antes de meterse en la cama.
Era solo mi imaginación.
¿Verdad? ¿Lo era? ¿O en verdad alguien había estado allí?
¿Y si una parte de la consciencia de su madre había dejado el cuerpo dormido, como un fantasma, había recorrido el pasillo, en silencio y a oscuras, para colarse en su cuarto y observarla?
¿Y si no era su madre, sino ella misma, una parte de sí misma, separada a empujones de su cerebro por el estrés, la ansiedad, las preocupaciones de la vida adulta, que salía afuera para observarse a sí misma y asegurarse de que dormía tranquila?
Por supuesto, había una opción mucho más sencilla: estaba perdiendo el juicio. Y ésta sí que era aterradora.
¡Como para no pegar ojo en toda la noche!
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Fin
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