Callejones

(Versión 2025) 

Al entrar en el Pub aquella noche todo el mundo la miró. Se había vestido y maquillado para atraer las miradas, sobre todo, las de cierta clase de chicos que solían acudir al Temple Bar de Dublín cada noche.

Esos eran los que le interesaban. Ninguno otro.

Se hizo con un taburete en la barra, y pidió para beber algo que podía parecer alcohol pero, en realidad, no lo era. Después de registrar el lugar con su mirada perfilada en negro, sacó un libro del bolso para fingir que leía, mientras controlaba las entradas y evaluaba a cada uno de los hombres presentes ya en el local.

No hay ninguno. Aún no.

Aflojó los hombros procurando no encorvar demasiado la espalda. Debía parecer distraía, relajada… inofensiva, para cuando llegaran. Porque seguro que lo harían. Tenía un presentimiento esa noche, una ráfaga de electricidad que le recorría los brazos al descubierto.

Una premonición.

.

.

Exactamente cuándo daban las diez de la noche, cinco figuras se reunieron en la puerta de The Porterhouse Dublin, atraídos por las luces de la fachada o quizás por el calor humano que se escapaba, junto a las risas, del interior. Y es que aquella noche las risas traían consigo un olor muy especial que llenaba toda Parliament Street. Era un olor a diversión, a juventud, a renacimiento.

Los cinco estaban arrebatadores, cada uno a su estilo. Desprendían, en conjunto, un magnetismo tan salvaje que atraían las miradas de todas las mujeres con las que se cruzaban y ellos, que lo percibían a la perfección, se sonreían anticipando el éxito prometido. Quizás alguna sonrisa era más pequeña o vacilante que el resto, pero formaban un equipo, una especie de familia; el valor de uno alimentaba el convencimiento del otro, el entusiasmo alentaba la despreocupación. Dicho de un modo más simple: en ciertos aspectos era como si los cinco fueran uno.

A pesar de todo, alguien preguntó:

—¿Todo bien?

El chico al que se había dirigido la pregunta dio un respingo. Los otros ya habían entrado en el local, el calor se expandió abrazando su piel helada.

—¿Eh? Sí, sí. Todo bien.

—¿Seguro?

—Es que tengo una sensación extraña esta noche.

Una sensación que se diluyó a toda velocidad en cuanto cruzó la puerta. Los sonidos, las imágenes resplandecientes, los olores, todo le inundó con una brusquedad casi desagradable, pero sacudió la cabeza para despejarse y sonrió, desterrando cualquier tipo de inquietud.

El concierto en vivo ya había comenzado, lo que fomentaba que una pequeña masa de cuerpos encendidos de retorcieran en la pista con desenfreno. El sudor, el vapor de las respiraciones le confería un sabor salado al aire.

Las mesas estaban llenas en la planta baja y se adivinaba una concurrencia similar en las superiores. La cantidad de corazones que latían frenéticos dentro de ese edificio al son de la música era atronador en sus oídos y hacía que su sangre se acelerara.

—¡Venga, vamos! —Alguien le agarró del brazo y tiró de él para sacarle de la marabunta de bailarines embriagados por el alcohol y los ritmos de rock. Siguió a sus amigos hasta la barra de madera oscura y, como solían hacer siempre, se colocaron en fila para registrar el local en busca de algo interesante.

Nadie se acercó a preguntarles qué querían beber, parecía natural que estuvieran allí parados, con esa mirada ávida, sin una copa en las manos.

Entonces, el más bajito de ellos, detectó algo. No necesitó avisar a sus amigos porque ellos siguieron la dirección de su mirada como por instinto. Al fondo de la sala había un grupo de chicas sentadas en un adorable sofá malva. Bebían, reían y volvían a beber. Y los cinco pensaron que era como si las hubiesen dejado allí expresamente para ellos.

—Adelante —susurró uno tras humedecerse los labios. Los demás le oyeron a pesar del ruido descomunal que zarandeaba el local. Echaron a andar a la vez, con suavidad, pero sin apartar los ojos del objetivo.

—Dejad esto al maestro —dijo otro de ellos, el bajito que las había visto. Era el que tenía la sonrisa más grande y no dejaba de atusarse el cuello de la camisa sin que quedara claro para qué.

El más alto, que iba a su lado, puso los ojos en blanco un instante.

—Nos conformamos con que no la cagues, Nate.

—Pero, ¿qué dices? ¡Si yo me las llevo a todas de calle!

—Sigue pensando eso, chiquitín…

Fue tan fácil que los invitaran a sentarse con ellas que uno de los chicos se vio invadido por una extraña sensación de compasión. Miró a esas chicas y se dio cuenta de que, a pesar de lo guapas que eran y el modo tan encantador en que le sonreían, ninguna le atraía de verdad. Al menos no con la intensidad de antes. ¿Sería por eso que le preocupaba y no sabía nombrar?

Puede que el tiempo y el aburrimiento fueran los culpables, no lo sabía. No estaba emocionado, ni expectante. Su interés hacía aquellas jovencitas era casi inexistente y tampoco le apenaba demasiado, pero sí estaba decepcionado. Echaba de manos el sabor de la auténtica diversión, la excitación de la espera que pronto será colmada.

Ahí estaba reflexionando consigo mismo sobre el paso del tiempo como un viejo. ¡Vaya! Si sus amigos se enteraran…

¡Oh!

Entonces, la vio.

Vaya, vaya… Nada más poner los ojos en ella sintió un conocido agarrón por dentro que, en otro tiempo, le habría acelerado el corazón.  Ahora no, pero fue lo suficientemente fuerte como para que se quedara colgado observándola. La chica, que no tardó en notar su escrutinio, abandonó el libro para responderle con una larga mirada y una rápida sonrisa. Él se la devolvió de inmediato, por supuesto, y quedó desencantado cuando ella regresó a su libro sin más.  

Carraspeó para avisar a sus amigos y se puso en pie. Comenzó a acercarse sin quitarle los ojos de encima, deslizándose con facilidad entre los corrillos de amigos, sin rozarse con nadie. Sus ojos, mientras tanto, rodaron por el cabello oscuro de la desconocida que le caía en ondas sobre la espalda y los hombros desnudos, excepto por dos finas tiras blancas que bajaban hasta un top que se ceñía a la altura del pecho de un modo discreto, aunque seductor.

Llegó a la barra, en la que apoyó un codo, y se concentró en su rostro. La chica tenía unos ojos azul oscuro, encantadoramente rasgados, una boca pequeña, fruncida en  una graciosa mueca de concentración, de un color rosado que se fundía en la blancura de su tez, salpicada ésta por un rastro de pecas infantiles, ya casi borradas. Había elegido un maquillaje oscuro que realzaba la profundidad de su mirada pero, por lo demás, sus rasgos reposaban en la naturalidad.

—Hola —Ella apenas se inmutó, pero eso no le amilanó—. Me llamo Tom.

—No te he preguntado.

—¡Oh! Es que me ha parecido que me mirabas.

—Pues te ha parecido mal.

—También te he visto sonreír.

La chica reaccionó, por fin, alzando sus ojos.

—Entonces, eras tú quien me miraba a mí, ¿no?

Tom sonrió divertido, y hasta se hizo el sorprendido como si acabara de cogerle por sorpresa, aunque no era así. Una chica que llevaba un libro a un Pub lo hacía porque no quería que le molestara cualquier idiota de turno y así era cómo se comportaba. Sin embargo, de no haber querido compañía no se habría vestido de ese modo.

—¿Cómo te llamas? —insistió él.

Antes de que la chica se decidiera a contestarle apareció el camarero pero Tom, anticipándose, negó con la cabeza y lo despachó antes de que abriera la boca si quiera.

—¿No vas a beber nada? —le preguntó la chica, esta vez con curiosidad real en su voz.

—El alcohol no me sienta bien.

De repente, no solo cerró el libro, sino que giró sobre el taburete para que ambos estuvieran cara a cara y volvió a sonreírle.

—Soy Ainara —Le tendió una mano que Tom acarició, sintiendo su calidez y suavidad, rebosante de vida.

—Un nombre muy bonito.

.

.

Ainara dejó que Tom hablara y hablara mientras ella le observaba.

Sonreía y coqueteaba con él lo justo, pero su mente se mantuvo concentrada y alerta en todo momento. Le sorprendió lo rápido que intentó seducirla. Bueno, algunos eran así de ansiosos, ya le había pasado antes y no solía equivocarse.

Tom era uno de esos chicos.

No lo había reconocido con el primer contacto visual, como solía pasarle, pero ahora sí estaba segura. Casi segura. Y es que Ainara captaba algunos detalles que la desconcertaban y no le permitían llegar al cien por cien de seguridad. Su mirada, por ejemplo; más de una vez creyó apreciar una especie de calidez al fondo de sus ojos castaños, pero era tan fugaz… A veces estaba, y con el siguiente parpadeo desaparecía. Y por otro lado, su forma de comportarse era demasiado encantadora.

¿Qué pretende con tanta amabilidad?

La miraba a los ojos, la hacía preguntas y escuchaba sus respuestas fingiendo una, más que aceptable, curiosidad, la halagaba sin exagerar, hacía chistes malos y no se molestaba cuando ella no se reía. Y otra cosa. No había intentado tocarla en ningún momento. La mano de Tom reposaba sobre la barra, sus dedos se estiraban de vez en cuando rozando los surcos de la madera, pero no intentaban alcanzar su mano. Respetaba su espacio personal y eso era algo que ellos no solían hacer.

Era parte del hechizo, al fin y al cabo, las caricias precipitaban la confianza ciega y si te dejabas aturullar por ellas, caías en sus redes sin darte cuenta.

¿Por qué Tom no la tocaba?

Ainara decidió que, en cualquier caso, no debía bajar la guardia con él. Puede que no fuera un típico, pero eso no significaba que no fuera igual de peligroso. En especial cuando le comentó que formaba parte de un grupo.

—¿Un grupo de qué?

—¡De música! ¡¿Qué si no?! —Respondió Tom—. Aún no somos conocidos porque el disco que hemos grabado no saldrá hasta dentro de unos meses pero algún día Reward será conocido en toda Irlanda.

>>. ¡Y en todo el mundo!

—Reward —repitió ella con una sonrisilla—.  Me gusta.

—Gracias.

—¿Es porque vuestra música en una recompensa para nuestros oídos?

Tom frunció el ceño, pensativo.

—No fue fácil encontrar un nombre que nos gustara a todos —adoptó un gesto grave—. Hubo muchas discusiones, peleas con bolas de papel y albóndigas rebozadas en salsa que surcaron el cielo aquellos días.

>>. Es un tema del que aún me cuesta hablar.

Las bromas que hacía eran terribles, en verdad, pero Tom las defendía con una amplia sonrisa y buen humor.

—¿Y cuántos sois en ese grupo?

—Cinco —Oteó el horizonte de la sala y le señaló algo—.  Mira, ahí están.

Ainara dio un respingo porque el corazón se le encogió.

¿También están aquí?

Siguió la dirección de su mano hasta un concurrido sofá ocupado por cuatro chicos y cuatro chicas. Sólo le hizo falta un instante para asegurarse de lo qué eran, y cuando vio los rostros ilusionados de esa panda de bobas, se estremeció.

—¿Quieres que te los presente?

¿Había metido la pata? ¿Ese era el verdadero plan de Tom? Lo cierto es que su actitud no había cambiado, al contrario, parecía aún más animado porque ella conociera a sus amigos.

—Claro.

Sabía mantener el tipo, no era ninguna novata. Sus gestos no delataron, en ningún caso, la inquietud que empezó a correr por su cuerpo, que se fue tensando según se acercaba al grupo del sofá. Tragó saliva y obligó a su cara a recomponer la expresión más risueña y relajada que pudo.  

—Eh, chicos —Se colocaron frente a ellos y Ainara aguantó el escalofrío que la recorrió entera cuando cuatro miradas famélicas se concentraron en ella—. Esta es Ainara.

>>. Y ellos son mis amigos: Jack, Nate, Zonc y Math.

Su apariencia, sus sonrisas, incluso el tono de sus voces. En ellos fue tan evidente que se sintió aliviada durante medio segundo. Si ellos lo eran, Tom también. Ahora sí que estaba en su querido cien por cien. Pero el malestar regresó cuando pensó que esas pobres chicas estaban perdidas bajo su hechizo. Se le ocurrió que el hecho de que trabajaran los cinco juntos podía acelerar ese siniestro proceso, porque sabían crear una falsa atmosfera de intimidad y diversión que, sin duda, envolvía a sus víctimas y las dejaba sin voluntad mucho más deprisa.

Eso solo complicaba su labor, tanto así que incluso consideró la posibilidad de marcharse, por más que esas chicas le dieran lástima. Tenía que reconocer que su presencia no era garantía para ellas de nada, pero ¿no estaría siendo una miserable si las dejaba a su suerte?

Ella era la única, aparte de ellos, que sabía lo que estaba ocurriendo de verdad.

Tom la ofreció sentarse y Ainara, mordiéndose el labio inferior, acabó por aceptar.

—Me temo que no hay mucho espacio —Se disculpó Tom, ocupando la única esquina libre que quedaba. Le ofreció su regazo y a ella no le quedó más remedio que sentarse ahí—. ¡El pub está a tope!

—Es un clásico del Temple Bar —argumentó uno de los otros, la verdad es que Ainara no se había quedado con sus nombres. El pelo castaño y rizado le llegaba por debajo de las orejas, y se lo apartó con la mano con soltura antes de seguir—. Y el ambiente es inmejorable.

—Pelota —Le soltó el más bajito. Éste ya tenía un brazo sobre los hombros de una pequeña rubia que no dejaba de mirarle.

—¿Qué has dicho, enano cabezón?

—¡Venga Math, tengamos la fiesta en paz! ¡No te metas con el chiquitín!

—¡¿Podéis dejar de llamarme así, cabrones?!

Y todos se echaron a reír, chicas incluidas. Ainara se limitó a sonreír porque se sentía demasiado incómoda como para fingir una risa verdadera.

Estar rodeada de todos ellos le ponía la piel de gallina y, por otro lado, la actitud solícita y amable de Tom seguía escamándola. Pero debía ser profesional, su vida dependía de ello, así que puso todos sus esfuerzos en calmarse y estuvo muy atenta a la otra conversación que se mantenía en ese sofá. Al margen de las pullas y las risas, se estaba dando una charla secreta y silenciosa entre los cinco amigos, a través de  las miradas que intercambiaban sin cesar y, seguramente, de otras señales más sutiles que ella no percibía, pero sí intuía. Éstas revoloteaban de un extremo al otro del sofá, confundiéndose con las notas de música y el sonido de las jarras de Guinness espumosa que chocaban a lo largo y ancho del local.

Lo más curioso era que Tom no estaba participando en ninguna.

—¿Ocurre algo?

Sus ojos no se apartaban de ella, y sus manos la sujetaban con delicadeza, regalándole pequeños roces en su cintura y en sus piernas. Cada vez que quería decirle algo, alargaba el cuello para que ella acercara la suya y le hablaba al oído. Parecía haberse olvidado por completo de sus amigos y eso la hizo pensar que había llegado el momento de idear un plan.

O esta noche será una pérdida de tiempo.

Los camareros, mientras tanto, no dejaban de aparecer con cantidades ingentes de alcohol que ponían sobre la mesita baja que había frente al sofá. Uno de los chicos pagaba todas las consumiciones, servía las bebidas en las copas y las repartía. Ainara fue la única en notar que, mientras sus alegres invitadas tragaban sin control, los vasos de los chicos regresaban intactos a la mesa. Ella logró ingeniárselas para rechazar la mayoría sin levantar sospechas, procuraba a sí mismo no mirar directamente a las otras porque ya se le estaba revolviendo el estómago con el espectáculo.

—Este sitio está muerto, ¿no os parece? —comentó Jack, en un momento dado en que la conversación decayó.

El local seguía tan abarrotado como cuando habían llegado, aunque se acercaban a la una de la madrugada. No obstante, la chica que se recostaba en su hombro, levantó la cabeza para mirar a su alrededor y asintió.

—Sí, está muertísimo.

Esas chicas ya solo veían lo que ellos querían.

—La verdad es que se ha hecho tarde —comentó la pequeña rubia, frotándose los ojos con el puño y buscando algún reloj por la sala—. Tendríamos que habernos ido antes.

—¿Y eso por qué, nena?

—No me gusta caminar en la oscuridad —contestó y Ainara apreció en ella una lucidez que la hizo sentir algo de esperanza—. ¿No habéis oído lo de los ataques del Temple Bar de las últimas semanas?

—¿Cómo?

—¡Sí! Hablan de ello en las noticias —Les explicó y cuanto más alzaba la voz, más se apartaba del larguirucho brazo de Nate y por ende, más despejada parecía—. Han estado atacando a chicas jóvenes que salían de fiesta por el Temple Bar, cuando regresaban a sus casas.

>>. Los testigos recuerdan verlas en los pubs, divirtiéndose y más tarde, atajando por los callejones mientras se iban. Y de pronto, ya no están.

—¿No están?

—¡Desaparecen! —La rubia se encogió de hombros—. Y sus cuerpos son encontrados días más tarde en la otra punta de Dublín.

Ainara procuró no tensarse demasiado ante la mención de esa historia, pero la tomó por sorpresa que algo así hubiese surgido. Vigiló los rostros de los chicos, su conversación secreta cambió de inmediato y la atmosfera se volvió pesada en torno a ellos.

El que se llamaba Jack lanzó una mirada rápida a Nate y éste exhibió, de nuevo, su sonrisa amplia y contagiosa.

—¡Cielos, qué siniestro! —se burló. Alargó sus brazos de alambre hasta la chica y la tomó por la cintura, apretándola contra su torso. La expresión asustadiza de ésta se fue relajando hasta que un inmenso suspiro ablandó su postura—. Pero vosotras no tenéis que preocuparos por esas cosas.

>>. No dejaremos que os vayáis solas en la oscuridad.

Las otras chicas se sonrieron, cada una acurrucada contra el chico que la había elegido y no hubo más rastro de miedo en sus caras. Ainara sintió, igual que ellas, el impulso de refugiarse en los brazos de Tom y rechazar cualquier pensamiento negativo que golpeara la puerta de su cerebro, pero lo resistió.

—Creo que ha llegado el momento de que nos larguemos —anunció Jack—. ¿Podemos llevaros a casa o seguir con la fiesta en otra parte?

>>. Vosotras elegís.

Pero la voluntad, más que doblegada de las chicas, ya no les pertenecía a ellas.

—¡Fiesta! ¡Fiesta!

Zonc, que era el más silencioso del grupo, se incorporó un poco, llevando consigo a la joven que se apoyaba en su pecho. La miró fijamente y le pasó el pulgar por la punta de la nariz.

—¿Qué tal un sitio más privado?

Las alarmas de Ainara se encendieron todas a la vez.

—¿Y qué sitio es ése? —Formuló la pregunta simulando indiferencia y soltando una risita ligera, mientras se echaba en los brazos de Tom con el mismo entusiasmo que las demás—. ¿Está lejos?

Se recostó sobre él, como si ya estuviera sin fuerzas, para esquivar las sospechas de los otros miembros del grupo. Por desgracia, se estremeció sin querer cuando Tom le devolvió el abrazo y el miedo no tuvo nada que ver.

—Conocemos a un tipo —intervino Math, jugueteando con los rizos castaños, parecidos a los suyos, de la chica diminuta que estaba sentada sobre sus rodillas y le miraba, embobada—. Tiene un local cerrado, pero si hablamos con él seguro que lo abre sólo para nosotros.

—¿Os apetece ir

Obviamente todas asintieron, y recuperaron parte de la energía que el alcohol y el atontamiento del hechizo les había robado, para casi ponerse en pie de un salto. Estaban más que excitadas con la idea, por lo que Ainara tuvo que fingir que se sentía igual.  

Formando una especie de fila, atravesaron la zona de las mesas y también la parte del pub donde la gente seguía bailando, a pesar del que el concierto en vivo ya había acabado. No era necesario, pero cada uno de ellos sujetaba con suavidad a su chica, bien por la muñeca, por los hombros o la cintura. Ellas estaban encantadas, ni siquiera el frío viento de la madrugada irlandesa logró sacarlas del aturdimiento al que se habían dejado llevar. Jack y la chica que iba cogida de su brazo se pusieron a la cabeza del grupo y pusieron rumbo a la avenida principal.

Tengo que hacer algo. Ainara caminaba en último lugar con Tom, que había cogido su mano, mientras pensaba a toda velocidad. Porque la situación estaba mal, e iba a ponerse mucho peor en poquísimo tiempo.

Tanto esas pobrecitas como ella iban derechas a meterse en la boca del lobo. Si entraban con ellos en ese supuesto local privado del que habían hablado, estarían muertas antes de que el sol saliera. Ainara lo sabía, y eso le daba una oportunidad de escapar, por desgracia, para las otras ya era tarde. No podía salvarlas pues ella sola no podía enfrentarse a los cinco y si se le ocurría alertarlas de alguna manera, en fin, no sabía cómo reaccionarían ellos en plena calle, pero se imaginaba que el resultado sería el mismo.

O se salvaba ella para seguir luchando una noche más, o acompañaba a esa panda de inconscientes a la muerte. Era como estar delante de un callejón oscuro que podía ofrecerle una salida y otro, aún más oscuro, sin escapatoria.

Y ella debía escapar.

—Tom.

Se quedó parada en mitad de la oscuridad, con tan solo un poco del resplandor de una farola cayéndole sobre la cabeza. El chico se paró en cuanto oyó su voz y se volvió para mirarla, sin dejar de sonreír.

—¿Ocurre algo?

Los otros se pararon también, casi al mismo tiempo. No sabía si alguno de ellos sospechaba algo o estaban tan perdidos en la euforia por su victoria que ni tan siquiera habían reparado en ella de verdad. Fuera como fuera, debía aprovecharse de que la atención de Tom se centrara en ella.

Se pegó a él, alzándose de puntillas y le susurró al oído:

—A lo mejor podríamos ir a otro lugar —Le propuso. Posó su mano en la nuca del chico y la acarició con la punta de los dedos—. Para estar a solas.

—¿Se te ocurre algún sitio?

—Mi casa está muy cerca.

—¿En serio? —murmuró él, con cierta sorpresa. Pero Ainara le miró fijamente, colocándose frente a él, y bajó despacio las manos por su cuello y sus hombros para agarrar los pliegues de su chaqueta de cuero y tirar un poquito hacia ella.

—¿Puedo tenerte para mí sola un rato?

Tom le sonrió.

—Pues claro.

Miró a sus amigos un breve instante y levantó una mano en señal de despedida sin una sola palabra que sirviera de explicación. Los otros le sonrieron sin necesitar más y repitieron el mismo gesto.

—¡Nos vemos!

Tom le pasó un brazo por los hombros, con confianza y se alejaron en dirección contraria al resto del grupo.

Según se alejaban de allí, Ainara recuperó algo de su serenidad y pudo caminar con mayor ligereza. No obstante, también hubo culpa. Quizás al día siguiente ya no recordaría los rostros de esas chicas tan simpáticas pero en ese momento seguía viéndolos, como flotando, en la negrura de las paredes de los edificios por los que pasaban.

Le habría gustado hacer algo, pero ella no era una salvadora. Su labor era otra y en ese sentido, todavía tenía una oportunidad.

Si no fueran ellas pensó, intentando consolarse. Habrían sido otras.

Se convenció de que era algo inevitable.

La gente que esa noche había bebido y bailado en The Porterhouse y las habían visto, tal vez dirían, al ser interrogados por la policía y la prensa, que eran un grupo de chicas muy guapas y divertidas.

Sí, las vimos en el pub, se lo estaban pasando bien o eso parecía.

¿Eh? No, no. Estaban solas, al menos que yo recuerde. No se movieron de ese sofá malva, el que hay al fondo del local, hasta que se marcharon.

Y después, no sé, salieron y ya no volví a verlas.

¿Quién diría que los callejones de Dublín son tan peligrosos?

.

.

Lo mejor es quedarse en un espacio amplio, al aire libre y con posibilidad de huir y encontrar ayuda si las cosas se ponen feas.

Nunca te quedes a solas con uno de ellos en un lugar cerrado, ni aunque pienses que tienes la situación bajo control.

No permitas que averigüen dónde vives. Si algo sale mal, ten por seguro que irán a por ti.

¡Ah! Y otra cosa, puede que la más importante de todas: Nunca sigas adelante si el susodicho te atrae más de lo normal, porque eso puede distraerte y acabarás muerta.

¿Cuántas veces había oído esas advertencias?

Esa noche, Ainara intentó relajarse repitiéndose que tenía un buen motivo para haber roto todas esas reglas en tan poco tiempo y que, por supuesto, iba a lograr su objetivo con éxito y saldría viva para contarlo.

¿Y por qué estaba tan segura?

Porque, como la profesional que era, podía controlar sin problemas la fuerte atracción que sentía por Tom. Se lo repitió mientras subían las escaleras del edificio y también mientras cerraba la puerta del apartamento, sin que la presencia de él a su espalda la inquietara lo más mínimo. Respiró hondo, soltó las llaves y se giró, preparada para cualquier cosa. Salvo para que el bueno y respetuoso de Tom la acorralara contra la madera, de repente, con una mirada ávida y anhelante en sus ojos.

El corazón se le aceleró un poco pero fue a causa de la sorpresa, porque no esperaba que Tom se lanzara sobre ella de ese modo. Pero fue una falsa alarma. Ni tan siquiera miró su cuello un instante, pues lo que hizo acto seguido fue inclinarse con lentitud para besarla. Lo hizo con dulzura, a pesar de todo y Ainara tuvo que esforzarse para que eso no la afectara.

Las manos de Tom palparon su cintura, buscando el hueco entre la chaqueta y el cuerpo para acariciarla. Eso la arrastró de nuevo a la misma confusión que había sentido en el pub y la bloqueó por un instante.

Tom se apartó de ella con suavidad y echó una ojeada a su alrededor, con curiosidad.

—¿Vives aquí tú sola? —le preguntó, quitándose la chaqueta.

—Sí.

Se trataba de un apartamento minúsculo en un viejo edificio de techos bajos y paredes carcomidas por las humedades. La cocina y el dormitorio se fundían en una sola habitación, y sólo una pequeña cortina separaba ambos espacios. Ni siquiera podía hablar propiamente de un dormitorio, ya que lo único que tenía era una cama, una estantería y un viejo arcón donde guardaba su ropa. El baño era lo único separado del resto, aunque dónde debiera haber una puerta sólo estaba el umbral y una insulsa cortina de cuentas.

Tom se sentó sobre la cama, sonriente.

—¿Te gusta?

—Me encanta —contestó él, sin quitarle los ojos de encima.

—Me refería a la casa.

—Pues yo no.

Esa respuesta la arrancó una sonrisa verdadera, muy a su pesar.  

—Acércate —la animó, tendiéndole la mano.

Ainara apretó la mandíbula del modo más sutil que pudo, y es que su primer impulso había sido tomar esa mano, sin pensar en nada más. Eso no era bueno. Tenía que mantener la calma, no dejarse acorralar por esa fingida ternura engañosa.

Debo ser yo quien tome el control de la situación, decidió.

De modo que, en lugar de sentarse en la cama a su lado, se subió en sus piernas y le colocó los brazos en torno al cuello. Tom espatarró los ojos un instante ante el gesto, pero seguía pareciendo encantado con cualquier cosa que ella hiciera.

—¿Estas nerviosa? —le preguntó. El corazón de Ainara seguía desbocándose cada vez que le parecía ver esa calidez insólita en los ojos de él, pero no pensaba admitirlo de ninguna de las maneras.

—No —mintió, encogiéndose de hombros—. ¿Debería estarlo? —Tom sacudió la cabeza.

—No voy a hacerte ningún daño.

Tom capturó de nuevo sus labios, pero ese último comentario no dejó que Ainara se distrajera esta vez.

¿Con qué no me harás daño?

Respondió al beso de un modo convincente, pero manteniendo su mente al margen de lo que pudiera llegar a sentir su cuerpo. Podía separarse de eso, al fin y al cabo, no era más que un hechizo. Eso era lo que ellos hacían, de eso se valían para engatusar a sus víctimas. Pero cuando una mujer era consciente de ello, era capaz de no someterse al poder de esa magia sensual y oscura.

Los labios de Tom bajaron por su cuello mientras su mano, posaba en su cabello, la mantenía cerca de él. Notó un cosquilleo en la piel pero no se asustó. Era el momento propicio para entrar en acción. Deslizó su mano por el hombro y el brazo del chico, acariciándole y después, cambió el rumbo hacia su propia espalda. Ahí estaba: el bulto que indicaba aquello que ocultaba bajo el top. Si era rápida, aquello terminaría muy pronto.

De pronto, los brazos de Tom estrecharon su espalda, y Ainara temió haber sido descubierta. Se quedó quieta, expectante, pero él solo quería abrazarla. ¡Increíble! La estrechó contra él y, quizás por la sorpresa, hizo que se estremeciera por segunda vez, distrayéndola.

Pero, ¿qué hace? Se preguntó, nerviosa. No entendía nada. Tom no era un típico, no, pero es que parecía… parecía… ¿Y si no es uno de ellos? Pensó con ansiedad. ¿Y si había cometido un error? Tenía que admitir que le gustaba demasiado y eso podía estar nublándole el juicio.  

Si me equivoco… Eso sería terrible. Pero, ¿cómo iba ella a equivocarse tanto a esas alturas?

—Qué bien hueles, Ainara.

El aliento de Tom sobre su piel se volvió gélido y la hizo volver en sí. Llegó a sentir el roce electrizante de sus dientes sobre el cuello y una sacudida repentina, el instinto de supervivencia que se accionaba para salvarla. Sin pensarlo bien, empujó a Tom contra la cama y ella permaneció sentada, a horcajadas, sobre él.

Su temeridad pudo precipitarlo todo. Cualquier otro, a esas alturas, estaría demasiado hambriento como para consentirlo, habría saltado como un resorte sobre ella y habría sido su fin. Pero Tom se limitó a soltar una carcajada desenfadada cuando su espalda chocó contra el colchón.

—No me equivocaba contigo —Le soltó, risueño—. Eres una chica muy especial.

Ni siquiera se mostró molesto.

¿Me lo he imaginado?

¡No, no, claro que no! Había sentido el filo de sus dientes sobre su piel. Seguro.

—Tú sí que pareces alguien realmente especial —comentó ella.

—Tal vez estemos hechos el uno para el otro.

Esa calidez tan perturbadora brillaba con más fuerza que nunca en su mirada, y supo que lo decía enserio. Ainara sintió con pesar que nuevas dudas hacían flaquear su determinación porque Tom le gustaba. Le gustaba de verdad a pesar de lo que era. No sólo le atraía tanto que el cuerpo entero le ardía, también le gustaba su sonrisa, su actitud y el modo lento y suave en que la acariciaba, como sin pretender nada más.

¿Por qué? ¿Por qué justo ahora?

No estamos hechos el uno para el otro, Tom.

Su mirada descendió por los botones de la camisa oscura que él llevaba y sus dedos comenzaron a desabrocharlos. Sobre su pecho descubrió un símbolo oscuro que parecía estar tatuado sobre su piel, pero no lo estaba. Un círculo negro del que partían una seria de tiras cortas negras, rodeándolo.

Parecía un sol, pero no lo era.

Ahí está. La prueba irrefutable de que Tom era lo que ella había sospechado desde el principio, algo más oscuro y peligroso de lo que parecía. Y lo lamentó más de lo que habría querido. Si le miraba a los ojos parecía imposible, pero el tiempo de las dudas se había agotado.

—¿Te gusta? —le preguntó. Ainara habría dicho que no si hubiese podido ser sincera.

—¿Qué representa?

—Nada —contestó él, encogiéndose de hombros.

—¿Y por qué te lo hiciste?

—Por lo que se hacen las grandes tonterías de la vida, al menos si eres un tío: por una chica demasiado guapa —Sus ojos volvieron a cambiar, se hicieron más grandes, más luminosos, más humanos si algo así era posible—. Ella también tenía uno.

—¿Y te convenció para que tú también te lo hicieras?

—No, no, Nataly no… —Su voz se entrecortó al pronunciar ese nombre. Parpadeó y volvió a sonreír, con cierta tirantez, pero lo hizo—. Yo me empeñé.

>>. Es que ella era tan especial. Yo solo quería…

—¿Ser igual que ella?

Tom parpadeó, sorprendido.

—Alcanzarla —respondió, al final—. Y estar a su lado.

Ainara se atrevió a pasar los dedos sobre el tatuaje. Por supuesto, no sintió nada, pero Tom tembló.

—¿Y dónde está ella ahora?

—No está —respondió él, tras un silencio de lo más pesado. Tuvo que desviar su mirada y parpadear un par de veces para que las palabras le salieran—. Y ya no volverá.

Ainara se pensó mucho la siguiente pregunta y aunque se decidió a hacerla, creyó poder anticipar una respuesta por su actitud. El dolor que se conjugaba en el tono ronco de su voz o en el modo en que temblaba su nuez de adán le permitía adivinar parte de la historia que Tom callaba. Al menos, reconocía en él la congoja de una pérdida que llega sin avisar, sin que se te haya pasado por la cabeza que pueda ocurrir.

Y sintió pena. Incluso, un poco de envidia.

¿Alguien hablaría así de ella cuando ya no caminara entre los vivos?

—¿Te arrepientes, Tom?

—No puedo arrepentirme de algo así —Resopló—. Pero me habría gustado que todo hubiese sido distinto.

Tú no eres como los otros. Quizás no se pareciera ni tan siquiera a sus amigos, o quizás sí. Quizás no eran ellos los que aterrorizaban al Temple Bar, después de todo. Había algo oscuro, violento y cruel que se ocultaba en los callejones de Dublín pero, ¿cómo saber si se trataba de Tom y sus amigos?

—No me gusta hablar de cosas tristes con chicas guapas —Tom movió la cabeza y volvió a sonreír con entusiasmo—. Ahora estamos tú y yo solos.

>>. Y soy todo tuyo.

Ainara no recordaba haberse sentido tan confusa nunca. Obviamente, sabía cuál era su misión, sin importar cómo de encantador o sincero fuera Tom, su cabeza sabía lo que tenía que hacer y no dejaba de apremiarla para que lo hiciera de una vez. Pero había otra parte de su cuerpo, quizás no su corazón, pero sí sus tripas, que le pedían que esperara.

¿Esperar a qué?

¿A que la besara una vez más? ¿A ver si por alguna milagrosa razón decidía no hacerla daño? Aunque fuera a pasar a su lado unas cuantas horas más, incluso unos minutos, era demasiado peligroso darle tal oportunidad.

Tom, ajeno al avispero de pensamientos contradictorios que zumbaban en su cabeza,  levantó la mano para rozarle el rostro. Miró en sus ojos cálidos, tanto que parecían contener un fuego oscuro en su interior y veía esa ternura, real o fingida,  pero la veía con tanta claridad que la conmovió como hacía mucho tiempo que nada la tocaba tan hondo. Se había acostumbrado a la soledad y la violencia hasta el punto de sentirse cómoda en ellas, pero no siempre había pertenecido a eso. Ella también tenía calor dentro de su cuerpo, y ternura, y deseo y mucho más.

—Tom… —Se inclinó sobre él y le besó, con su cuerpo y con su mente, ambos concentrados en lo que hacía y en lo que sentía. Cerró los ojos para ignorar las absurdas advertencias que de vez en cuando aparecían ante sus ojos y se dejó llevar del todo.

Le besó una vez, dos, tres veces, se entregó a sus caricias bajo la ropa y dejó que Tom se pusiera sobre ella y la apretara contra el colchón sin sentir miedo. Miedo no. Al contrario, hacía tanto tiempo que no se sentía tan bien que deseó absorberlo todo, cada sensación de las que experimentaba. Porque Ainara estaba volviendo a la vida. Se dio cuenta en ese instante, aferrándose a los brazos de Tom; ella misma había sacrificado una parte fundamental de sí misma para poder hacer su trabajo, la había dejado morir. ¡Qué extraño que fuera justamente uno de ellos la que le estuviera resucitando con sus besos!

Tal vez podría, se permitió creer cuando la mano del chico le rozó la mejilla. Podría funcionar si yo… No, un momento. No le estaba rozando la mejilla, ni el cuello. Ainara sintió una punzada en el pecho. ¿Qué?

Lo que Tom estaba haciendo era apartarle el pelo de la garganta. Algo insignificante que no tendría que haberle llamado la atención de no ser porque ella conocía ese gesto de sobra. Dejó de besarle y le miró a los ojos, más ensombrecidos que nunca por algo turbio, a muy corta distancia de ella.

No fue terror, sino decepción lo que la paralizó cuando se dio cuenta. Demasiado tarde. Se había entregado a él, al hechizo de esa mirada sedienta que ella quiso saciar con su sangre. Tom le gustaba tanto que quería experimentar ese contacto íntimo, que bebiera de ella, que se llenara con su sabor y tal vez, eso borraría de sus recuerdos a la tal Nataly para siempre. Ella ocuparía el lugar central de su corazón oscuro y muerto. Así, la muerte deja de dar miedo.

La boca de Tom rozó la delicada piel de su cuello y Ainara, temblorosa, apretó los ojos por instinto, sus uñas se hincaron en el colchón pero ella estaba lista. Podía soportarlo. Pasó un segundo, y otro más. Finalmente, Tom apretó los labios contra su piel y después, nada.

No lo hizo.

Rodó sobre la cama y se tendió a su lado, bocarriba, su mirada prendida en el techo de pintura descascarillada se fue iluminando a medida que pasaban los minutos.

—Me gustas tanto, Ainara —murmuró.

Hasta usó el mismo tono de derrota que ella sentía oprimiéndole el corazón. Los dos habían perdido contra sigo mismos.

Se les había ido de las manos.

Ainara respiró hondo, inundada de una intensa emoción.

—Tú a mí también —Se removió sobre la cama, intentando sortear el bulto que se clavaba en su espalda. Estaba frío al tacto, a pesar de llevar todo el tiempo en contacto con su cuerpo. Se giró de costado para mirarle y cedió al impulso de besarle una vez más—. Lo siento.

Justo antes de que Ainara alzara su afilada arma y ésta relampagueara reflejando la luz de la bombilla, le pareció ver en los ojos de Tom una expresión de entendimiento antes de que los cerrara. Bajó la estaca con fuerza y se la clavó en el pecho, sobre el tatuaje, directa a un corazón que ya no latía.

Fue instantáneo, cuando volvió a mirar, el tatuaje se había borrado. El cuerpo se quedó laxo, aplastado. Sin vida. Por lo menos, en su rostro creyó identificar una expresión de paz que, sin reconfortarla del todo, puede que con el tiempo llegara a consolarla.

—Tenía que hacerlo, Tom.

Él lo sabía, había permitido que ella lo matara igual que ella habría dejado que él la mordiera. Y aunque Tom se había contenido esa noche, ¿cuánto tiempo habría resistido antes de sucumbir a su sed? Un impulso como ése no puede reprimirse para siempre, al menos. Un día, Tom habría perdido el control y la habría matado. Y después, a muchas otras chicas inocentes y ése era el verdadero problema.

Era lo que ella no debía permitir.

Se bajó de la cama y le dio la espalda, caminando hacia la única ventana que tenía en el apartamento. Todavía no había amanecido pero el sol ya clareaba en el horizonte perlado de tejados de la ciudad. Decidió encender la radio que tenía sobre la mesa porque, en esos momentos, no soportaba el silencio. Una melodía rítmica y con energía emergió de los altavoces. La voz que la acompañaba la hizo dar un respingo porque hizo que el corazón se le detuviera un instante. La canción era We own the night,  de un nuevo y prometedor grupo llamado Reward.

Abrió la ventana de par en par para que el aire puro de Dublín entrara en la casa y llenó sus pulmones con él. Se concedería unos minutos de tristeza, se regodearía en su soledad un día más y después, despejaría su mente y se pondría a trabajar.

Primero, tenía que pensar en cómo iba a deshacerse del cuerpo del vampiro muerto que seguía sobre el colchón de su cama. Después, puede que tuviera que hacer las maletas y alejarse de la ciudad por un tiempo, pues a partir de esa noche tendría tras su pista a cuatro seres de la noche sedientos de venganza.

.

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Fin


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