Nunca aceptes la invitación de una arpía para desayunar
En uno de mis libros sobre mitología celta he encontrado una nota que debí escribirme a mí misma, no sé cuándo, en la que estaba escrita esa frase: Nunca aceptes la invitación de una arpía para desayunar.
Ni siquiera yo puedo adivinar el significado que mi cerebro debió darle a esa frase en su momento. Nunca me han gustado las arpías, ya las veis ahí arriba, son seres horribles. No solo son feas y desagradables, es que además son bichos ladrones y traicioneros.
Hace tiempo escribí un cuento sobre una chica rara (yo me referia a ella como la protagonista en todas mis historias que, supongo era, en esencia, la misma, antes de saber que su nombre oficial es: la chica rara, pues así la llamaron Ana María Matute, Carmen Laforet y Carmen Martin Gaite) que se enfrentaba a un par de arpías que habían estado abusando de ella durante mucho tiempo. Obviamente, la chica rara salía victoriosa, y os lo digo así porque ese cuento pertenece a mi colección privada que jamás compartiré con nadie, así que no pasa nada si lo sabéis.
En mis historias el bien siempre vencía al mal. Y no porque piense que la bondad siempre gana a la maldad en la vida real, claro que no; mis historias son así, justamente porque la vida ya es bastante triste.
Aunque tengo (ahora mismo) el cuaderno en mis manos y lo estoy revisando, no encuentro la fecha exacta en que lo escribí. Esto es raro porque yo siempre anoto la fecha en que termino de escribir una historia pero en esta ocasión no lo hice. De todos modos, intuyo que debió ser el verano después de acabar el instituto.
Ese verano no fue muy feliz para mí. De hecho, puede que fuera mi primera gran crisis.
El último año de instituto es muy intenso, hay tanta presión, tanto que estudiar y te convencen de que todo eso entraña una gran importancia para tu futuro (luego creces y descubres que era todo mentira), en mi caso, además, asistí al desmoronamiento de mi grupo de amigas del insti. No sé si algo así se puede explicar, o se le puede echar la culpa a alguien. ¡A estas alturas ya me da igual! Pero recuerdo con rencor, eso sí, que mientras el resto de adolescentes se iban por ahí a celebrar el final de la selectividad con sus amigos quemando los apuntes o yendo juntos al parque de atracciones, yo me marché a casa y me acosté. Estaba agotada y mis amigas no querían hacer nada. A partir de ese día, sé que nos vimos más veces pero teníamos poco que decirnos.
La amistad se rompió, yo me fui a la universidad y no volvimos a vernos.
Llegados a este punto haré un inciso: no las he vuelto a ver porque yo no he querido. No tuve culpa en que nos separasemos, pero sí he puesto todo de mi parte para no volver a saber de ellas. Fue un golpe tan duro verme sola de repente, lo sentí como una traición tan asquerosa que, si alguna vez ellas intentaron contactarme, yo las ignoré. Y a día de hoy debo decir que estoy satisfecha sin saber qué ha sido de ellas. Nunca las busqué en facebook y agradezco mucho no haberme tropezado con ninguna por la ciudad. Y sí, soy una persona rencorosa y lo admito, pero no es solo por rencor. Es que, después de todo, no me interesan ya. Y estoy más tranquila sin saber qué les pasó.
Volviendo al relato inicial: recuerdo ese verano en que cumplí 18 años como solitario y muy triste. No tenía a nadie con quien hablar salvo a mi familia. Así que hice lo que siempre hago cuando la vida me decepciona tan hondamente: me refugié en mis libros y en mi imaginación. Ese verano leí mucho, muchísimo, pero no estaba tan mal porque aún no me sentía culpable por gastarme todo mi dinero en libros.
También empecé a escribir sobre Gontheryn, que era el mundo inventado que yo siempre había tenido en la cabeza, desde niña, y era donde me sentía segura. Más que nada porque yo controlaba todo lo que pasaba en él y porque allí, todos los seres mostraban su auténtica cara. Y si eras una arpía, no podías esconderte bajo una máscara de chica buena y simpática que no quería hacer daño a nadie pero, vaya, las cosas salieron así.
Claro, la mayoría de seres que habitan Gontheryn eran personas de mi vida real, pero allí eran tal y como yo las veía.
Las dos chicas que, a mi juicio por aquel entonces, se habían cargado el grupo de amigas, me habían dejado sola y me habían amargado el verano eran, por supuesto, un par de arpías. Seres malvados que vuelan solas, en las alturas, con garras para despedazar cualquier cosa, ladronas repugnantes que me quitaron la fe que yo tenía en la amistad.
Si podía escribir sobre lo que había pasado y le cambiaba el final, no solo era un desahogo maravilloso, sino que además el mundo recuperaba un poco de la justicia cosmica que había perdido a mis ojos. Era mi modo de tomar el control sobre la parte de la realidad que vivía en mi cabeza. Ahí, en ese lugar, en Gontheryn, la chica rara podía levantarse del suelo y enfrentarse a ese par de arpías, aunque ellas tuvieran alas, garras y picos afilados; daba igual, la chica rara tenía sus propias armas y podía darles su merecido.
Me pregunto si no me conté a mí misma tantas veces ese cuento que, en mi mente, se hizo tan real que las arpías fueron desterradas a las cumbres de las Montañas Vacías, donde no podían hacer más daño a nadie, y a lo mejor por eso no siento el más mínimo interés por saber qué fue de esas chicas. Quizás están en algún lugar lejano, aisladas y donde no pueden hacer sentir mal a nadie nunca más (salvo, quizás, a sus maridos e hijos, si es que han conseguido engañar a alguien para que se case con ellas).
¿A quién le importa el destino de dos monstruos?
No sé por qué hoy, al levantarme, he pesando en ellas, pero no, no me preguntó que habrá sido de sus vidas. No deseo que les haya ido mal, pero tampoco me importa demasiado. Porque me importa más esa chica rara que pasó un verano horrible, resistiendo con el amor de su familia (hasta donde éste puede consolar a una adolescente), con los libros y su imaginación. Me duele lo mal que lo pasó, pero me hace sentir bien imaginarmela tras su batalla con las arpías.
La chica rara se levanta del suelo tras haber descansado y recobrado el aliento. Ahora, el precipicio está envuelto en el más afilado de los silencios, los gritos de las arpías ya extintos son solo un mal recuerdo para ella.
El cielo sobre su cabeza está azul. Lo mira y, aunque aún es pronto para sonreír, puede relajar los rasgos de su rostro. Limpia la sangre y las plumas pegadas al filo de su espada con solemnidad antes de abandonar tan horrendo lugar.
En lo alto de los picos se oculta el nido de las arpías, allí han huido medio muertas y allí deben de estar ahora, seguramente lloriqueando y lamiendose la una a la otra las heridas de sus esqueleticos y grisaceos cuerpos. La chica rara no dedica ni una sola mirada a las alturas.
Se da la vuelta, erguida, satisfecha y se va. Regresa a algún lugar de Gontheryn donde, a parte de monstruos, hay hadas, dragones, magos, caballeros, hechiceras, árboles mágicos... En fin, un escenario mucho más agradable que las inquietantes y arrasadas Montañas Vacías.
Jamás volverá por allí.
Debo decir que nunca he vuelto a tener problemas con ninguna arpía. Pero (y ahora sí comprendo el significado de la nota perdida en mi libro de mitología celta), en el caso de que alguna vez las arpías desciendan de su nido hecho con huesos de bebé y pelo humano arrancado, para intentar contactarme, ya sé lo que tengo que hacer.

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