La Niña Mala
En homenaje a una de las mejores escritoras españolas de todos los tiempos. Hoy habría cumplido los 100 años.
Aquella niña decía que sí a todo lo que le pedían.
Cada día, a cada pregunta o petición, ella contestaba que sí. Como a nadie parecía importarle si la niña estaba muy cansada o parecía triste y le seguían imponiendo tareas, a ella tampoco le importaba como se sentía.
¿Podía con esto? ¿Podía con lo otro? No eran preguntas que nadie reflexionara.
Cuando decía que sí, todo el mundo estaba contento. Y algo más: había paz en la casa. Al principio, eso era suficiente para ella, porque le habían enseñado que estaba bien, y que había que hacer felices a los demás, sobre todo, a las personas que queremos. No hacerlo es de malas personas.
No sé, será que no les quieres lo suficiente. Esas cosas se oían por ahí, muy cerca, de modo que las daba por ciertas.
La niña no ansiaba la felicidad para sí misma, pues lo que más quería en el mundo era tranquilidad. Calma. Que la dejaran sola para ser feliz a su manera. Sí, con que la dejaran ser ella misma era suficiente.
El problema vino el día en que se dio cuenta de lo complicado que era mantener la tan preciada calma cuando se tiene que estar pendiente de la felicidad de otros. Resultó que cuidar de todo el mundo, todo el tiempo, era agotador. Y cada día fue estando un poco menos tranquila.
Quizás, pensó, si dejara de hacer algunas cosas…
Fue por eso que la niña que siempre decía que sí, empezó a decir que no, a no obedecer a la primera. Y a pensar en si de verdad quería hacer algo, y si le venía bien o mal, hacerlo en el mismo instante en que se lo pedían.
¿Y qué creéis que ocurrió?
La gente a la que más quería se enfadó con ella. No dijeron nada, pero de repente no la miraban a los ojos y, en según qué ocasiones, le imponían un silencio cruel como castigo si no conseguían lo que querían. Lo extraño fue, en cambio, que ante semejante cambio de actitud de la niña, nadie le preguntó nada. ¿Por qué ya no dices que sí? El motivo, por lo visto, era lo de menos. Y ella podría haberles hablado de su cansancio, de su apatía, de su somnolencia o de esa sensación de vivir como en una nebulosa en la que los días se repetían y nada de lo que contenían le pertenecía de verdad.
No, nadie preguntó.
—Cuándo volverás a decir que sí. ¡Eso es lo que único que les interesa! Pero no pueden preguntarlo abiertamente, claro.
Así es como lo veía la mejor amiga de la niña, que no era otra que una hermosa conejita de peluche que llevaba con ella desde que nació y nunca le exigía nada. Tenía un cuerpo mullido y redondo, los ojos claros como dos canicas nuevas y las orejas caídas, largas y muy suaves, de color crema. A la niña le encantaba acurrucarse en la cama y acariciar esas orejas las noches de tormenta.
Cuando los nervios y la confusión fueron más grandes que ella, se lo contó todo a su peluche y, en voz baja, que es como se habla por la noche, le hizo preguntas sin parar:
—¿Por qué me tratan ahora como si fuera la mala?
—Porque dices que no. Y eres la mala.
—¿Solo por eso?
—Es que ahora piensas en ti antes que en ellos.
Le explicó que eso era algo que no solía gustar a los demás, en especial, cuando están acostumbrados a otra cosa. La niña atendía perpleja a estas lecciones y no podía recordar que en los tiempos en que decía siempre que sí los otros la trataran como si fuera la más buena del mundo. Ni tan siquiera le daban las gracias por todo lo que hacía. Y es que bastaba con que hiciera algo una sola vez para que se convirtiera en su tarea, y a partir de ahí, todos actuaban como si fuera su obligación repetirlo y repetirlo.
No se decía en voz alta. No hacía falta. Solo ocurría una y otra vez. Y ahora, solo ahora, la niña se preguntaba:
¿Quién decide estas cosas?
Su peluche no lo sabía realmente y ella era demasiado pequeña aún como para comprender los complejos mecanismos adultos que pueden llevar a las personas que la querían a tratarla con egoísmo.
Lo cierto es que ni siquiera era culpa de esas personas. Ellos también fueron niños y niñas, chicos y chicas buenos que habían probado el amargor de un mundo que es, en sí mismo, egoísta y exigente, y por eso, estaban condenados a repetirlo. Y a pasárselo a ella, por supuesto. Un triste, aunque inevitable, legado contra el que era muy difícil luchar.
A veces, la niña reunía algo de su autenticidad mágica (esa que corre por nuestra sangre con más fuerza cuánto más pequeños somos) para seguir pensando en sí misma. En lo que quería hacer de verdad y cuándo. Pero muchas otras se plegaba a la tentación, casi necesaria, de complacer a los demás para que volviera la felicidad y la paz.
Dentro de ella, algunos días, la ira y el cansancio lo incendiaban todo, pero después los otros la miraban a los ojos con benevolencia y el sonido de sus voces: ¡qué buena eres! Se volvía una dulce y suave lluvia capaz de apagar sus rencores. Y entonces había paz, no solo en el mundo, sino en toda ella.
Hasta la siguiente petición, claro. Siempre había otra más. Y con cada una volvería a temblar su pecho con frustración, la pugna entre su corazón anhelante de afectos y su cabeza agotada.
Ah, pero eso sería más adelante. Sí, y ya habría tiempo de decidir entonces…
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Fin

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